miércoles, 26 de noviembre de 2025

ZULU

 

"ZULU"
Naief Yehya

Ese día estaban matando perros por las calles. Sucedía siempre que algún mufti oportunista redescubría que eran animales sucios y lanzaba una fatwa. Esos días no salía a la calle, me sentaba en el piso, entre mi cama y la pared con Zulu, mi viejo Rotweiler que apoyaba su hocico sobre mis piernas y se quedaba tranquilo a pesar del ruido de las balas y los gritos desquiciados que entraban como un vendaval por la ventana rota. Me ocultaba ahí, a un metro y medio de la ventana que daba a la calle porque me sentía protegido por los muros de ladrillo y a la vez podía oír claramente lo que pasaba afuera, donde a veces  hasta muy noche escuchaba los alaridos de delirio, las carcajadas histéricas, los ladridos y los gimoteos agónicos de las víctimas. Me imaginaba que si decidían entrar al edificio podría escucharlos y tendría tiempo para esconderme con Zulu. No tenía un plan claro pero confiaba que esa pequeña ventaja sobre ellos podría salvar a Zulu y de paso a mí.
      Vivíamos en un segundo piso y mi edificio, en la calle que en algún momento se llamó República, era uno de los pocos que aún quedaban en condiciones de ser habitables. Los vecinos estaban relativamente organizados. Dos familias extensas ocupaban los otros cinco departamentos. Los vecinos me trataban bien y no se metían conmigo, en otro tiempo yo los había ayudado con dinero, comida, medicinas. Malika había curado a sus hijos y venían a buscarla seguido:
      —Doctora, doctora. Venga, venga, el niño tiene fiebre, la abuela está vomitando, le amputaron dos dedos a mi esposo.
      Malika iba, a la hora que fuera a tratar lo que fuera. De todos modos cada día le era más difícil atender pacientes en el hospital y después de que su consultorio fue incendiado para amedrentarla no tenía mucho ánimo para atender pacientes desconocidos. El casero era el imam Bitar, un hombre relativamente moderado que si bien no era muy querido por las milicias sí gozaba de su respecto. Él sabía que yo tenía a Zulu. Nunca me denunció. Un día me dijo que  si bien los perros eran animales impuros eso no quería decir que no fueran buenas mascotas y mejor compañía.
      —El profeta lo dijo claramente que era posible tener perros para la vigilancia y para trabajar en el campo, pero un departamento no es adecuado. Haz como tú quieras. Mientras te laves concienzudamente antes de rezar, supongo que estarás bien— me dijo.
      Eso había sido antes, antes que las bombas desgarraran a conocidos, amigos y rivales, antes de que hasta las calles perdieran el nombre, antes del tiempo en que todo estaba prohibido y alcanzar la pureza era el único objetivo digno que se podía tener en la vida.
      No recuerdo cuándo fue la última vez que saqué a Zulu a la calle. Quizás fue cuando aún había luz eléctrica durante unas cuatro horas al día. En aquel tiempo no faltaban las miradas de condena y el ocasional acoso de alguien que intentaba convencerme de que tener perros como mascotas era una perversión antinatural, una obscenidad occidental y que la saliva de un perro era tan tóxica e impura que difícilmente podía ser lavada. ¡Haram, haram!, me gritaban señalado que estaba prohibido tener perros. Cuando me daban oportunidad de defenderme explicaba que era un perro de vigilancia.
      Zulu nació aquí, de una perra que trajo una empresa británica de seguridad que  ocupó uno de mis locales de renta, no muy lejos de la nueva embajada estadounidense. Cuando se marcharon dejaron abandonados a los cachorros. Uno de mis empleado me avisó que los ingleses habían dejado unos demonios y que los iba a ahogar. Le ordené que no lo hiciera. Fui  corriendo a ver de qué se trataba, cuando llegué tan sólo quedaba Zulu vivo. Corrí a mi empleado y adopté a Zulu.
      Más de una vez cuando lo paseaba alguien me lanzó piedras. Uno aprende a vivir así. Era más difícil aceptar la crueldad de mantener a semejante animal encerrado por siempre. De todos modos el parque cercano, Abdelkhader, a donde solía llevarlo tres veces al día ya no tenía árboles ni pasto ni hierba. Habían arrancado todas las plantas, cortado los árboles, despedazado los juegos infantiles, quitado las rejas que protegían los prados y hecho astillas las viejas bancas. Tan sólo quedaba el polvo ya que hasta habían recogido los adoquines y las piedras para lapidar mujeres, blasfemos y adúlteros. Varias veces vi salir de ahí hombres empujando carretillas cargadas de piedras que caminaban, trotaban a toda prisa hacia la Plaza de la Victoria donde se llevaban a cabo las ejecuciones públicas.
      Matan perros en otras partes del mundo, en China por considerarlos un lujo burgués o para comérselos, en varios lugares eran comunes y hasta legales las peleas donde los hacían matarse para ganar dinero. Si bien esos actos me parecían repugnantes eran también pragmáticos, ideológicos, comerciales o simplemente expresiones de ignorancia pero aquí los mataban por órdenes divinas, para alcanzar la pureza y cumplir con los supuestos deseos de Mahoma. No soy religioso pero sé que el Quran no habla de eso pero los Hadithas sí y cuando no se asegura que un ángel no entrará a una casa donde haya un perro, se cuenta que Mahoma dijo que no había que matar a todos los perros pero si a todos aquellos que fueran de color negro porque eran enviados del diablo. Esa era la doble fatalidad de Zulu.
      Desde que Malika se fue yo pasaba cada día más tiempo sentado en ese rincón de la recamara, casi siempre con Zulu en mis piernas. Rara vez lograba concentrarme en la lectura pero siempre tenía entre mis manos un libro. Leía unas frases y me distraía, pensaba en comida, en el ruido de las balas, en el polvo y el calor. No mucho más. Porque cuando dejaba ir mis pensamientos maldecía a los milicianos pero maldecía con más fervor a los que se habían ido, me maldecía a mi mismo por haber permanecido y también al pobre Zulu. A veces trataba de imaginarlo muerto, anticipar lo inevitable y de esa manera liberarme. Hubo un tiempo en que pudimos irnos, comprar un pasaje de avión, ponerlo en una jaula y largarnos de aquí. Pero yo había confiado que las cosas volverían a la normalidad. Malika decidió que no podía esperar más, no podía convertirse en un fantasma cubierto con un enorme trapo de pies a cabeza sin derecho de salir a la calle. Yo no hubiera querido que hiciera un sacrificio semejante así que no protesté. Antes de la guerra hablábamos de tener hijos. Yo no estaba muy convencido. Peleamos. Su vida se me fue escapando y de pronto era una desconocida.
      Los amigos fueron desapareciendo, algunos en el exilio, otros en encuentros desafortunados con los milicianos. Un día, Jalil, un amigo que trabajaba en el aeropuerto me vino a buscar en su coche, me ofreció llevarme en se momento a tomar un vuelo a Viena. Con Zulu. Pero qué podía hacer yo en Viena.
      —No conozco a nadie ahí.
      Dudé. Discutimos. Mi amigo se ponía cada vez más ansioso y frenético.
      —Es un favor que te hago, pero vete, vete hoy, tiene que ser hoy.
      Le dije que necesitaba un poco de tiempo para pensarlo.
      —Vete al infierno— me recomendó—. Sólo me da lástima por Zulu—, dijo y se fue furioso.
      Entonces pensé que él estaba exagerando y que yo había tomado la decisión correcta. La gente no se va así nada más. No soy un criminal. No he hecho nada malo. Me repetía. Jalil murió ejecutado pocos días después y con él mi última posibilidad de salir vivo de ahí con mi perro.
      Los ahorros se me acababan y aún teniendo dinero la vida no era fácil. Zulu nunca se quejaba de nada aunque ambos sabíamos que no tenía suficiente alimento para él, que debía darle las sobras de lo poco que tenía y que a veces ni siquiera tenía eso. En ocasiones me aguantaba el hambre, porque comer frente a él un pan, un pedazo de carne de carnero o un plato de lentejas y darle migajas o un plato vacío para lamer una pequeña probada me parecía injusto, inmoral.
      El día en que estaban matando perros escuché los primeros gritos y balazos cuando estaba mordisqueando lentamente un pedazo de carne seca. Le di la mitad a Zulu quien la devoró, dio un gemido y volvió a poner su hocico sobre mi pierna, sin pedir más, sin esperar más, sin ocupar más espacio del absolutamente necesario.  Me puse tenso como siempre que oía las Kalashnikov disparando cerca, acompañadas de los alaridos de alahuakbar y las eventuales risotadas y gritos de dolor. Alguien corrió por mi calle, lo seguían dos hombres. Lo alcanzaron, rogaba por su vida. Uno de ellos lo insultó, dijo algo sobre su madre que no pude entender. Con mucho cuidado hice a un lado a Zulu y me acerqué a la ventana, me asomé apenas, con sumo cuidado de no ser visto. Un hombre anciano estaba de rodillas a mitad de la calle, dos milicianos le apuntaban con sus armas, gesticulaba, el viejo se llevaba las manos al pecho, imploraba juntando las palmas y luego levantando los brazos al cielo como si esperara que algo cayera de arriba y lo protegiera. Trataba de sujetar a uno de los milicianos, al que se veía más joven y tenía una barba rala, parecía tratar de abrazarlo. El muchacho bajó el arma. El otro seguía ladrando insultos, sentí que lo hacía más para entretener o impresionar a su joven compañero que realmente para amedrentar a su cautivo. Entonces, sin más le apuntó al rostro, le pegó el cañón contra la boca y disparó. Me fui de espaldas al ver el chorro de sangre explotar por la nuca. El otro miliciano también dio un brinco sobresaltado y luego comenzó a preguntar: ¿Por qué, por qué? El que disparó le respondió que así debía ser y luego invocó a la grandeza de Dios con un grito sonoro. No había nada más que decir, dijo. Pero el muchacho subió el tono de sus protestas, se acercó al hombre y lo empujó. Yo no podía entender lo que le decía porque la voz se le quebraba por el llanto, luego se puso de rodillas junto al cadáver y escuché que lo llamaba papá. El otro miliciano se acercó y le ordenó que se levantara, pero no hizo caso, lloraba. De pronto me pareció que era un niño. El otro le volvió a gritar: ¡Levántate! No lo hizo. Llevaba la Kalashnikov apuntando al piso, sólo levantó un poco el cañón y sujetado el arma con una sola mano le disparó en la nuca al joven de la barba quien quedó encorvado sobre el otro cuerpo. El miliciano miró alrededor y al no ver a nadie se puso a revisar los bolsillos de sus víctimas, lo vi sacar monedas, billetes y papeles. Se llevó todo a sus bolsillos y volvió a mirar alrededor. Entonces me vio. Gritó: ¿Tu qué haces ahí? Ya te vi. Ven acá, ahora.
      Primero me oculté pero sabía que era una pésima idea. Subiría a buscarme. Me levanté y me puse frente a la ventana tratando de mostrar que no le temía. No dije nada, tan sólo lo miré con firmeza. Lo había visto en acción, sabía de lo que era capaz pero tenía más miedo de que subiera a buscarme y encontrara a Zulu a que me disparara ahí mismo. ¿Qué haces ahí? Preguntó. Aquí vivo. ¿Y por qué estás espiando?
      —No estoy espiando.
      —Ven acá ahora mismo.
      Asentí con la cabeza. Caminé hacia la puerta pero antes abracé al mi perro rápidamente. Me miró con sus ojos de pesar, con esa expresión de fatalidad que empleaba siempre en los momentos precisos. Lo encerré en la habitación, le puse llave al departamento y bajé las escaleras tratando de andar con compostura, respirando profundo en cada escalón y pisando firme como si no tuviera nada que temer. Salí a la calle y el tipo me esperaba frente a la puerta del edificio.
      —¿Qué estás haciendo. ¿Estás con una mujer?
      Negué con la cabeza y frunciendo el ceño. Estaba solo en mi casa, comiendo, añadí sin saber qué más decir.
      —¿Por qué no fuiste a la mezquita?
      —Normalmente no voy a esta hora.
      Era una respuesta incorrecta.
      —No hay hora normal para ir al templo— me gritó, pero no tocó la Kalashnikov que colgaba de su hombro. —Nada me enfurece más que ver gente desperdiciar su vida cuando podrían estar sirviendo a Dios.
      Bajé la vista, como si estuviera avergonzado.
      —Vamos, hay mucho que hacer.
      —Pero no quiero dejar mi casa -dije.
      —¿Por qué, alguien te espera o tienes miedo de que te roben algo? -dijo con una sonrisa.
      —No, nada de eso —respondí.
      Comenzó a caminar en dirección a la avenida y yo lo seguí con una pesadez inmensa. Llegamos a la plaza de la Victoria, donde habían puesto una gran carpa, había mucha gente afuera esperando algo, vendían comida, tapetes, incienso, fundas para teléfonos celulares, municiones, placas con inscripciones religiosas, un fotógrafo hacia fotomontajes en los que insertaba la imagen del cliente en un fondo de la Meca o a un lado del domo de Al Aqsa o en un campo verde repleto de flores. Al ver el puesto de shish kebabs mi estómago dio un salto y pensé en Zulu.
      Llegamos a la puerta de la carpa principal, me dijo que lo siguiera al interior. Nadie entraba ahí sin no estaba con los líderes de la milicia o los muftis. Un tipo bastante mayor, con una barba canosa de candado y unos ojos cafés que parecían incendiarse nos salió al paso.
      —¿Dónde dejaste a Amin y a su hijo?
      —¿Le diste una lección? ¿Lo vio todo su hijo? —preguntó con una sonrisa.
      —Sí, Sheikh, el viejo no volverá a ser insolente y el muchacho entendió lo que se debe de hacer.
      —¿Y dónde está el hijo?
      —Se fue por ahí, ya volverá.
      —¿Y este qué hizo? —preguntó señalándome como si yo no pudiera hablar por mi mismo.
      —Estaba encerrado en su casa.
      —¿Con una mujer?
      —No sé.
      —No, no tengo ninguna mujer— dije con hastío.
      —¡Cállate, nadie te está hablando a ti! —me gritó al oído con toda su fuerza.
      —No, creo que estaba solo.
      —¿Pero no te aseguraste?
      —No.
      —Vamos ahora mismo, seguro tiene a una puta metida en la cama. ¿Por qué estaría metido en la casa a esta hora?
      —No creo, no lo creo —el otro titubeó, supongo que porque no quería llevar a nadie al lugar donde acababa de asesinar a dos personas.
      —Vamos.
      —Que no, le digo, que estaba solo.
      —¿Y qué hacia?
      —Comiendo.
      —¿Comes solo? —me preguntó.
      No respondí. Me dio un golpe fuertísimo con la empuñadura de su bastón en la parte posterior de la cabeza. Las rodillas se me doblaron como si el golpe se transmitiera verticalmente a lo largo de mi cuerpo.  Caí de rodillas, no pude meter las manos y me di de frente contra el piso.
      —Yo mismo quiero ir a su casa ahora —dijo.
      —No, yo me encargo.
      —¿Me vas a ordenar tú a mí?
      —No, Sheikh, es que no vale la pena. Yo lo tengo bajo control.
      —La puta seguramente ya se fue. ¿Ese es el control que tienes? Voy a alcanzar a esa puta.
      Llamó entonces a gritos a dos hombres que descansaban sobre una mesa:
      —¡Nuri, Amin, vengan, vamos a buscar a una puta!
      —No, seyid, no seyid, yo arreglo el asunto y traigo a la puta.
      ¿Cuál puta? Me preguntaba yo, confundido  por el tremendo dolor de cabeza.
      —Este impuro dejó escapar una puta —dijo el Sheikh a los dos hombres.
      Me traté de levantar y vi como entre varios empujaba e insultaban al tipo que me había traído. La cabeza me estaba sangrando. Me senté en el piso y me cubrí la herida con la mano. Alguien me puso de pie y luego me dejó caer nuevamente. Al tipo que me trajo le amarraron las manos y le pusieron una soga gruesa al cuello de la que lo jalaron. El Sheikh salió de la carpa agitando su bastón en el aire, seguido por una docena de hombres armados, uno de ellos jaloneaba al hombre amarrado. Un muchacho se sentó en cuclillas a mi lado. Se reía. Tenía una viejísima carabina. Supuse que era el encargado de cuidarme. Le pedí un poco de agua. Dejó de reír, se puso de pie y me escupió. Me apuntó con el rifle e hizo un ruido de disparo con la boca. No tendría más de 12 años. Luego se alejó. Me costó trabajo pero me puse de pie. Nadie me vigilaba, así que me fui acercando a la salida poco a poco. Vi el puesto de kebabs. Tenía mucha hambre. Busqué al grupo de hombres que iban a mi casa. Corrí tambaleándome en dirección a mi calle. Los encontré, no fue difícil, gritaban consignas y alahuakbars mientras disparaban al aire. Los seguí a cierta distancia. Tenía que detenerlos antes de que entraran a mi edificio, una vez ahí no tardarían en encontrar a Zulu. Pensé correr y ponerme frente a ellos, me faltaba valor para hacerlo. Al llegar a la calle vieron los dos cadáveres. Alguien los reconoció. El hombre amarrado comenzó a explicar atropelladamente que los habían atacado agentes infiltrados, que él no sabía nada.
      —Herejes, fueron unos herejes —gritaba.
      No le creyeron, lo golpearon. Le vaciaron los bolsillos, algo le encontraron que aparentemente lo delató.
      —¡Nunca te dije que los mataras!— gritó el Sheikh.
      Entre varios trataron de colgarlo de un poste, pero no lograban hacer un nudo que lo sujetara. El Sheikh fue a ver los cuerpos. Comenzó a orar. Otros seguían tratando de ahorcar al tipo sin tener mucha suerte, la soga no era suficientemente larga. Un hombre que yo conocía del barrio, creo que era el ayudante del zapatero, se fue corriendo a buscar algo, imaginé que otra soga, pasó muy cerca de mí sin verme. Regresó unos minutos después manejando una pick up nissan destartalada. Acostaron al tipo amarrado a la mitad de la calle, lo sujetaban entre varios con la cuerda. El conductor le pasó la nissan lentamente por encima, asegurándose de que una llanta le aplastara la cabeza. Gritó, un aullido seco, sin forma, sin tono. Tan sólo un quejido gutural profundo que cesó de pronto. El crujir de los huesos se escuchó como truenos lejanos. Una vez que el conductor pudo meter la reversa volvió a aplastarlo. Repitió el proceso varias veces mientras algunos niños reían a carcajadas y los hombres que no levantaban sus armas y gritaban con júbilo filmaban o tomaban fotos con sus teléfonos celulares para guardar un recuerdo de aquella tarde. El Sheikh preguntó a los mirones si alguien había visto a una puta. Nadie contestó. Repitió la pregunta amenazante, mirando a la gente a los ojos con intensidad.
      —Si alguien la encubre o protege es tan impuro como ella —dijo apuntándoles a cada uno con la empuñadura de su bastón que sujetaba por la parte media.
      Un tipo dijo entonces que él sabía de una mujer con malas costumbres que vivía en uno de los edificios en ruinas de la calle adyacente, frente al mercado de las flores. Le preguntó si la había visto por ahí ese día. El hombre dijo que no, pero después corrigió y dijo que sí.
      —Vamos a buscar ahora a la puta —gritó el Sheikh.— Vamos a hacerla pagar por haber corrompido a un hombre.
      Se fueron, dejando los tres cadáveres. Caminé cautelosamente hasta la puerta de mi edificio. La calle estaba nuevamente desierta. Entré rápidamente, subí corriendo las escaleras. Zulu, me recibió moviendo la cola, incapaz de entender de lo que nos habíamos salvado. Me tiré al piso junto a él y lloré del dolor del golpe en la cabeza y seguí llorando un rato. Era ya de noche. Varios hombres recogían los cadáveres en carretillas. Una mujer en la calle del Mercado de las flores no viviría para ver el amanecer.

 

La bruja de la nuez

"La bruja de la nuez moscada"

Paula Torres Gorozarri

Hay una mosca rarísima en la cocina. No la quiero mirar, que me distrae.

Me encanta ver cocinar a mi madre. Los sábados por la mañana se mete en la cocina y cierra la puerta. Se pone música, un delantal y empieza a mezclar ingredientes (qué palabra más difícil). Amasa, bate, revuelve entre los botes y cantamos juntas, porque yo me sé todas las canciones que le gustan. A mi hermana Elena no le interesa nada la cocina, siempre se queda fuera leyendo historias y luego nos las cuenta como si fuéramos tontas, porque ella se cree súper lista. Bueno, en verdad sí que es lista. MUY lista.

Ayer hicimos croquetas. Siempre están riquísimas, pero esta vez sabían regular y yo no lo entendía, porque estuve delante todo el rato mientras mi madre las preparaba y no vi nada diferente a otras veces. Calentó la mantequilla, la mezcló con harina y leche, removió y removió… Luego echó la sal, los otros polvitos marrones, lo mezcló con mini trozos de jamón en un cuenco grande y lo dejó enfriar. Me dejó rebañar el cazo antes de fregarlo, que es lo que más me gusta del mundo, y llamamos a Elena para que me “ayudara”. Yo intenté meter la cuchara muy rápido para dejarle lo menos posible, y se enfadó. Me llamó rata tonta y me dijo que yo ni siquiera conocía el secreto de las croquetas y que no me lo iba a contar. Le pedí perdón por haberme comido casi todo y le supliqué que me lo contara. Lo hizo, pero antes le tuve que prometer que la próxima vez el cazo lo rebañaría ella sola. Yo se lo prometí, pero con los dedos cruzados, no os creáis (si cruzas los dedos cuando haces una promesa no tienes que cumplirla, lo vi en una serie). Cuando Elena empezó a hablar, vimos que la mosca rara seguía volando por toda la cocina y no nos dimos cuenta de que se posaba en su hombro, como si quisiera enterarse también. La historia era más o menos esta:

Las croquetas las inventó hace muchísimos años un señor de Ávila que se llamaba Juan Croquette. Su abuelo era francés, el pobre (eso dice mi madre cuando alguien dice que alguien es francés), y por eso se apellidaba así. Enseñó a su nieto a hacer la bechamel para que la usara en todas las salsas que quisiera, y al pequeño Juan se le ocurrió mezclarla con unos trocitos de jamón que se habían quedado secos. Así no los tiraba, porque no hay que tirar la comida. Luego le echó un pellizquito de una especie (Elena dice especia pero está mal, es especie) que se llama nuez moscada, por si el jamón ya no estaba rico, e hizo bolitas alargadas con la masa. Las pasó por huevo y pan rallado, y como diría su abuelo, vualá, nacieron las croquetas de Juan Croquette. El secreto era remover la bechamel todo el rato y no pasarse con la nuez moscada, que eran esos polvos marrones que mi madre echaba siempre.

En este punto de la historia, la mosca rara daba saltitos en el hombro de Elena, que me estaba contando que la nuez moscada venía de lejísimos, de Indonesia o de por ahí. Que en la Edad Media ya se usaba porque nos la habían traído los árabes y que… Elena no pudo seguir hablando porque en ese momento una voz desconocida y chillona exclamó:

—¡ESO ES MENTIRA!

Salimos corriendo de la cocina dando un portazo con un susto horrible, aunque yo pensé que había sido Elena poniendo voces para darme miedo.

Esa noche, las croquetas de Juan Croquette y de mi madre estaban malas. Y mi madre no lo entendía, decía que sabían demasiado a nuez moscada y que ella no había echado tanta. Me parecía como si oyese risitas por la cocina, pero eso no tenía sentido, debía de ser la cena, que me había sentado mal.

  

Mejor que perros

 

“Mejor que perros”

de José Mancisidor

 

La noche se nos había venido encima de golpe. El coronel ordenó hacer alto y pernoctar sobre el elevado picacho de la intrincada serranía. Por valles y colinas y en el fondo de cercano barranco, disparos aislados acosaban a los dispersos. A mi lado, los prisioneros, arrebujados en sus tilmas, dejaban al descubierto los ojos negros y expresivos que se extraviaban en insondables lejanías.

Una racha de viento helado sacudió mi cuerpo y un lúgubre aullido hizo crujir entre mis dientes la hoja del cigarro.

El coronel, mirándome con fijeza, me preguntó:

¿Cuántos muchachos le faltan?

Llamé al oficial subalterno, le di órdenes de pasar lista y quedé nuevamente de pie, sobre la cúspide pronunciada de la sierra, como un punto luminoso en la impenetrable oscuridad de la noche.

El coronel volvió a llamarme. Me hizo tomar un trago de alcohol y me ordenó:

Mañana, a primera hora, fusile a los prisioneros

Luego, sordo al cansancio de la jornada, me recomendó:

Examínelos primero. Vea qué descubre sobre los planes del enemigo.

A poco rato, el coronel roncaba de cara al cielo, en el que una luna pálida trataba de descubrirnos.

Los prisioneros seguían ahí, sin cerrar los ojos, sumidos en un hermetismo profundo que se ahogaba en el dramático silencio de la noche.

Encima de nuestras cabezas pasaba el cantar del viento y tenue, muy tenue, el susurrar de los montes que murmuraban algo que yo no podía comprender.

Se avivaron los rescoldos de la lumbre y los ojos de los prisioneros brillaron en un relámpago fugaz. Me senté junto a ellos y brindándoles hoja y tabaco, les hablé, con el tono fingido de un amigo, de cosas intrascendentes.

Mi voz, a través del murmullo de los montes, era un murmullo también. Brotaba suave, trémula por la fatiga y parecía dotada de honda sinceridad.

Los prisioneros me miraban sin verme. Fijaban su vista hacia donde yo estaba para resbalarla sobre mi cabeza y hundirla allá, en las moles espesas de la abrupta serranía. De sus ojos como aristas aceradas, surgía una luz viva y penetrante.

¿Por qué pelean? aventuré sin obtener respuesta.

El silencio se hizo más grave aún, casi enojoso.

Me enderecé de un salto, llegué hasta el coronel y apoderándome de la botella que antes me brindara, la pasé a los prisioneros invitándolos a beber. Dos de ellos se negaron a hacerlo, pero el otro, temblándole el brazo, se apresuró a aceptar. Después se limpió la boca con el dorso de la mano sucia y me dirigió un gesto amargo que quiso ser una sonrisa.

Volví a sentarme junto a los hombres como esfinges, y obedeciendo a un impulso inexplicable, les hablé de mí. De mi niñez, de mi juventud que se deslizaba en la lucha armada, y de un sueño que en mis años infantiles había sido como mi compañero inseparable.

A veces tenía la impresión de locura. De hablar conmigo mismo y de estar frente a mi propia sombra, descompuesta en múltiples sombras bajo la vaga luz de la luna que huía entre montañas de nubes. Y olvidado de mis oyentes continuaba hablando, más para mí que para ellos, de aquello que de niño tanto había amado.

De repente una voz melodiosa vibró a mi lado y calle sorprendido de escuchar otra voz que no fuera la mía.

El más joven de los prisioneros, aquél que había aceptado la botella, con mano temblorosa, ocultando los ojos tras los párpados cerrados, musitaba:

Es curiosa la vida Como tú, yo también tuve sueños de niño. Y como tú ¡qué coincidencia! soñé con las mismas cosas de que has hablado. ¿Por qué será así la vida?

Tornó a soplar una racha helada y el aullido se hizo más lastimero y más impresionante.

El joven prisionero quedó pensativo para después continuar:

Me sentí como tú, peor que perro Acosado por todas partes. Comiendo mendrugos y bebiendo el agua negra de los caminos.

Calló y luego, quebrándose su voz en un gemido:

Ahora seré algo peor dijo. Seré perro muerto con las tripas al sol y a las aguas, devorado por los coyotes.

¡Calla! ordené con voz cuyo eco parecía tiritar sobre el filo de la noche. Guardé silencio y me tendí junto a los prisioneros que pensaban quizás en la oscuridad de otra noche más larga, eterna, de la que nunca habrían de volver.

Poco a poco me fui aproximando a ellos y al oído del que había hablado repetí:

¿Por qué peleas tú?

No te lo podría explicar Pero es algo que sube a mi corazón y me ahoga a toda hora. Un intenso deseo de vivir entre hombres cuya vida no sea peor que la vida de los perros.

Saqué mi mano de la cobija que me envolvía y buscando la suya la apreté con emoción profunda. Y luego, acercando mi boca hasta rozar su oreja, le dije velando la voz:

¿Quieres que busquemos nuestro sueño juntos?

Los otros prisioneros adivinaron nuestro diálogo. Nos miraron con interrogaciones en la mirada, y enterados de nuestros planes, se apresuraron a seguirnos.

Nos arrastramos trabajosamente. Cerca, el centinela parecía cristalizado por el frío de la hora, sobre la verde montaña. Burlamos su vigilancia y nos hundimos en el misterio de la noche. La luna se había ocultado ya y mi nuevo compañero y yo, dando traspiés, corríamos por montes y valles en busca de un mundo en que los hombres, como en nuestro sueño de niños, vivieron una vida mejor que la vida de los perros…

"El pasillo"

 El pasillo del ázucar 

Bernardo Fernández Bef 

A Raquel, la real, que me avisó de la muerte de Lennon 

—La maestra Marilú es un mutante— dijo Raquel. 

—¿Un qué? —pregunté. 

—Mutante, un... un como monstruo. Sólo que peor. 

—¿Cómo sabes? —Raquelsiempre decía palabras raras. 

Era la hora del recreo y sólo nosotros dos estábamos en el salón. La maestra nos había castigado por estar hablando a media clase. 

—Pues no es difícil darse cuenta. Basta ver su cara. 

Realmente la maestra Gorilú era espantosa. Pero, ¿mutante? 

—Yo preguntaba cómo lo descubriste. 

Raquel puso su cara de “tengo un secreto que no puedo decirte”, que incluía esa sonrisa, muy estirada pero sin abrir la boca, y esos ojos que parecían conocer de algo que yo no conocía ni imaginaba. Me chocaba cuando lo hacía. 

La maestra Marilú tenía lentes de mosca, la cara llena de granos (o cicatrices provocadas por ellos), nariz aplastada y el pelo chino, muy chino, como un jugador de básquet, sólo que ella era chaparrita. Claro, en relación con los adultos, porque era más alta que nosotros. Bueno, que Raquel no, que era la más grande de las niñas. 

Era la maestra más regañona. Cuando te portabas mal te castigaba, si no sabías lo que preguntaba te jalaba de las patillas o te daba coscorrones, y si estabas masticando chicle te lo pegaba en el pelo. 

Nunca sonreía. Todos le teníamos miedo. Mucho. 

—¿Prometes no decir nada, Bernardo? —me preocupaba cuando decía eso. Siempre salía algo mal. 

—Prometo. 

—Ayer la vi en el súper—susurró Raquel. 

—¡¿A la maestra Monstrilú?! Si me la hubiera topado yo, estaría muerto del susto. 

—Yo iba con mi mamá. 

—Eso cambia las cosas. Así nada puede pasarte. 

—Ella iba sola— continuó—, llevaba un carrito vacío. Eso fue lo primero que me hizo sospechar. 

—¿Por qué? 

—Pues porque en el súper todos llevan carritos llenos, tonto. 

—Nunca me había fijado. ¿Y luego? 

—Mamá estaba escogiendo la verdura. Como trabaja, siempre vamos al súper de noche, cuando no hay mucha gente. 

—Mi mamá también trabaja, pero no nos lleva de compras a Alfredo y a mí. Dice que damos mucha lata. 

—Y entonces... 

¡Paf! Un balón golpeó la puerta del salón. Nos hizo brincar a los dos. “¡Niños!”, oímos gritar a alguna maestra allá afuera. A pesar de estar castigado, me parecía más interesante lo que estaba pasando adentro. 

Raquel se me quedó viendo con aquellos ojos que parecían muy chiquitos para su cara. Respiró profundo y dijo: 

—Y entonces mi mamá me mandó por el azúcar. 

Me quedé viéndola. Pasó un segundo. Ella me miraba sin parpadear. Pasó otro. Al tercero, le pregunté: 

—¿Y eso qué? 

Pareció sorprendida. 

—Ah, es que me adelanté. Lo que pasa es que había visto a la maestra meterse en ese pasillo. Y no se veía a nadie 

más por ahí. “Mejor vamos juntas cuando acabes con los jitomates” le dije. Ella me miró con ojos de pistola. Quise insistir, pero con mi mamá no se juega. Ya lo sabía. La conocí una vez que fui a su casa. Regañó a Raquel por una tontería y le gritó. Pensándolo bien, daba tanto miedo como la maestra. 

—Y allá voy, al pasillo del azúcar. Iba pensando en qué le iba a decir a la maestra cuando la viera. 

—Yo no sabría. 

—Esperé un momento para ver si la veía salir. Pero tardaba. Desde las verduras mi mamá no podía verme, pero la oí decir “Raqueeeeeel, apúuuuuurate”. 

Seguro que le gritó. Así era su mamá. 

—Y ahí me di cuenta de que no había nadie más en esa parte del súper. Sólo ella y yo. 

Raquel hizo una pausa y por un momento me pareció que todo se había quedado en silencio, pese a que en el patio seguía el recreo y todos los gritos de los niños parecían un solo zumbido de insecto gigante, y en la pared, arriba del pizarrón, el segundero del reloj hacía cric, cric, como un grillo. 

—Caminé hacia el pasillo. Iba despacito, despacito, tratando de tardarme lo más posible... 

La imaginé como una bailarina, con sus piernas largas, dando pasos lentos. 

—...pero no era tan lejos. Ella seguía ahí dentro. No entendía como podía tardarse tanto en escoger un paquete de azúcar. Mi corazón se empezó a acelerar, Pum Pum, pasé el pasillo de las galletas y los cereales, Pum Pum, el de las sopas y las latas, Pum Pum, la vieja no salía del de la sal y el azúcar, Pum Pum, dejé atrás el de los granos y el arroz, Pum Pum, y cuando llegué al del papel de baño, Pum Pum, me detuve, Pum Pum, me temblaban las piernas, Pum Pum, no podía seguir avanzando, Pum Pum, me iba a regresar, Pum Pum, cuando me gritó mi mamá, Pum Pum, “¡Raqueeeeel!”, Pum Pum, ya iba a meterme, Pum Pum, cuando oí un ruido, Pum Pum, era algo tragando, Pum Pum, o mejor dicho, atragántandose, Pum Pum, como cuando comen los perros, Pum Pum, más fuerte, Pum Pum, munch, munch, munch, Pum Pum, masticando desesperadamente, Pum Pum, “¡¡¡Raquel, caramba!!! Pum Pum, y sin pensarlo más me metí en el pasillo, Pum Pum , y lo que ví me dejó fría... ¡¡Riiiiing!! tronó la chicharra en el patio. Los demás niños entraron al salón gritando. Mi grupo había quedado empatado en el partido de fútbol con el grupo del salón de junto y las niñas dejaron a medias un juego de la casita. Todos se sentaron en su lugar. En medio delruido, le pregunté a Raquel: 

—¿Qué viste, qué viste? 

—Era como un insect... 

Entró la maestra y todos callaron. Se le quedó viendo a Raquel, que se puso pálida. 

—A tu lugar— le dijo. 

Dio clase de matemáticas y pasó a Raquel al pizarrón a que hiciera una raíz cuadrada. No supo. 

—Te quedas castigada después de clase— le dijo. 

A la hora de la salida quise acercarme a Raquel, pero la maestra Marilú le puso unos ejercicios de quebrados en el pizarrón y me dijo que me fuera. Vi el terror en los ojos de mi amiga, pero tuve miedo y me salí. 

Iba caminando a la casa junto con mi hermanito; sentía pánico, pero había abandonado a Raquel. Podría estar en peligro. Decidí regresar. 

—Adelántate a la casa— le dije a Alfredo. 

—¿Adónde vas? 

—A... a... ¡A comprar una monografía! 

—Yo quiero ir. 

—No, no, voy solo. 

—Te quiero acompañar. 

—¡Que no, que voy solo! ¿Por qué los hermanos menores se ponen tan necios en situaciones como éstas? 

—¿Por qué los hermanos mayores son tan pesados?— preguntó y se fue. 

Cuando regresé, no había nadie en la escuela. Estaba silenciosa. Podías escuchar el vuelo de una 

mosca. 

Corrí hasta el salón. La puerta estaba cerrada, pero desde afuera se veían las siluetas de Raquel y la maestra. Iba a entrar cuando... 

Bzzzzzzt. 

Se oía suave, quedito... 

Bzzzzzzt. 

…un zumbido, como de abeja... 

Bzzzzzzt. 

…venía de adentro... 

Bzzzzzzt. 

…también se oían quejidos... 

Bzzzzzzt. 

...era Raquel... 

Bzzzzzzt. 

...me asomé... 

Bzzzzzzt. 

...y vi la espalda de la maestra Marilú... 

Bzzzzzzt. 

...con un par de alas transparentes y venosas sacudiéndose... 

Grité. 

No me quedé a ver más. Corrí tan rápido como pude. No me detuve hasta que llegué a casa. Iba llorando. El susto me dio diarrea y no fui a la escuela al día siguiente, que era viernes. No pude contarle a mi mamá. 

Cuando regresé, el lunes, me acerqué a Raquel a la hora del recreo. 

—¡Tienes razón! ¡La maestra Insectú es un mutante! 

Me volteó a ver, confundida. Pero el brillo que siempre habían tenido sus ojos ya no estaba ahí. 

—¿Un qué? — preguntó. Parecía un zombie. 

—Un mutante, uno como monstruo, pero peor. Tú me dijiste. Del día que te la encontraste en el súper. 

—Yo nunca dije eso— y se dio media vuelta y se fue, caminando como sonámbula. 

Me quedé aturdido, en medio del patio del colegio. No sabía qué pensar. Entonces sentí una mirada en la espalda. 

Volteé y vi a la maestra Marilú. En su cara, noté algo que jamás le había visto hacer: Sonreía.

 

 


El sombrero de...

 

"El sombrero de Mateo"

Valeria Gascón

 

Mateo llega arrastrando los pies. Es poco más de la medianoche. La cabeza le pesa. El dolor en sus orejas es insoportable. Se quita la pajarita y la deja sobre el buró. No prende la luz. Se acuesta intentado no moverse. Sabe que ella está despierta pero prefiere actuar como si no lo estuviera. Apenas pone la cabeza en la almohada la escucha:

— ¿Por qué tan tarde, Mateo?

Ella ni siquiera voltea a verlo. Le habla dándole la espalda.

—Ya te había dicho, Rosa, hoy nos quedamos a ensayar el número. Debe salir impecable. Los niños cada vez preguntan más y están muy atentos. Ya no se les engaña tan fácil y se aburren rápido.

— ¿Te van a pagar horas extras? ¿Preguntaste ya por las vacaciones?

—No, aún no. La próxima vez preguntaré. Cuando se dé la oportunidad lo haré, te lo prometo.

Rosa guarda silencio. Se remueve entre las sábanas. Ni siquiera le dice buenas noches. Mateo se da cuenta de que ella se ha dormido cuando la escucha roncar. Él intenta conciliar el sueño pero no le es posible. El dolor de orejas lo está matando. Se pone las pantuflas y va hacia la cocina. En el refrigerador no hay más que zanahorias y una cerveza.

—Lo hace a propósito—piensa—, sabe que no me gustan. Que sólo las como en el trabajo. Como debe de ser.

Saca la cerveza y la destapa. Mira por la ventana. La ciudad está despierta. El sonido de los carros y la gente es algo que siempre lo ha cautivado. Suspira, es verdad. Detesta reconocerlo pero es verdad. El trabajo cada vez es más escaso. Y por si fuera poco mucho más difícil. Se le hacen ya lejanos, muy lejanos, los recuerdos de los niños sonriendo. Felices. Con la sorpresa colgada en sus ojos cada vez que él salía del sombrero. Sí, las orejas le dolían siempre. Sentía que iba a desgarrarse. A caer al piso sin ellas. Pero nada valía tanto como la sonrisa de los niños. O sus deseos de tomarlo en sus manos. De acariciarlo un momento. Él y nadie más era la estrella en ese número. Y vivía para eso. ¿Qué importaba que no tuviera vacaciones? ¿Que le pagaran el mínimo? Rosa no lo entendía. Tal vez no podía entenderlo. ¿Por qué quería irse de aquí? Se habían conocido en la ciudad. Ella estaba de vacaciones, toda su familia era del campo. Cuando comenzaron a salir él nunca le mintió. Nunca le ocultó su pasión por la magia. La escucha removerse en la cama. La quiere. En verdad la ama. Pero detesta la idea de irse de esta ciudad, de trabajar en otra cosa. No podría soportarlo.

Deja el envase de cerveza vacío en el basurero. Se va al baño y humedece su cara. Mira su rostro en el espejo. Se está haciendo viejo. Y no sabe qué más hacer además de ser un conejo de sombrero. Un conejo que se esconde en el compartimento secreto de un farsante y es jalado bruscamente para ser mostrado a los niños con su mejor cara de susto (ha practicado mucho en ella. Horas invertidas para lograr el mejor gesto).

Rosa está en la puerta. Él la ve por el espejo. No es quien solía ser. Pero sigue siendo bella. Un rictus de amargura le ha poseído en los últimos meses el rostro, aunque Mateo confía en que pronto se le borrará.

— ¿Qué estás haciendo?

—No podía dormir. Vine a refrescarme un momento. Ahora regreso a dormir.

Rosa suspira. Se le acerca. Él voltea para verla de frente. Ella le da un beso en la mejilla y le acaricia las orejas.

—Estoy cansada de verte venir casi todas las noches con los pies arrastrando. Con las orejas amoratadas y cada vez más triste. Ya estamos haciéndonos viejos, Mateo. Y tu trabajo es muy pesado. ¿Por qué no dejamos todo esto? Este hoyo que tenemos por casa. ¿Por qué no ahorramos un poco y nos vamos de aquí? A otro lugar mejor. Donde tú y yo podamos descansar a gusto.

Él la mira. A Rosa se le han llenado los ojos de lágrimas. Detesta hacerle esto.

—Déjame pensarlo. Déjame considerarlo esta semana, ¿si? Y ya veremos.

Rosa deja caer las manos. Hace una mueca de fastidio y se va. Cuando ya está de espaldas le dice con la voz quebrada pero envuelta en coraje:

—No me mientas, Mateo, sabes que no lo soporto. Voy a dormir un poco más. Trabajo hoy de madrugada.

La ve irse. Regresa a acostarse de nuevo, pero no puede conciliar el sueño. Pasa la noche en vela. Le emociona pensar que en unas horas tendrá una función de cumpleaños. Es al aire libre. Esas fiestas son sus preferidas. Usualmente los niños piden cargarlo un momento y lo dejan en el jardín andar un rato, y él puede actuar como un conejo inocente, sorprendido por el pasto y las personas.

Rosa ya se ha ido. Apenas y le dirigió la palabra cuando se fue a trabajar. La siente hastiada. Ya la ha visto así antes, aunque tal vez nunca tan fastidiada. Se le ocurre que pedirá un par de días libres para estar con ella y está seguro de que con eso la idea de irse se le pasará. Se mete a bañar. Se arregla. Siempre ha sido un buen detalle el ponerse la corbata de moñito. Al verla los niños siempre se deshacen de ternura.

El calor es asfixiante. La fiesta ha sido programada para el mediodía y él está encerrado en el sombrero sin poder salir. Su número se acerca. El sombrero ha sido ya movido y ha escuchado los tres golpecitos, la señal.

Todo pasa rápido: la luz que lo ciega, el dolor en las orejas, su cara de espanto. Ha salido perfecto. Hay algunos aplausos. Alguien pide cargarlo un momento. Es para él como el equivalente a dar autógrafos. Estar en contacto con su público. Se lo han dado a un niño que parece mayor que todos los demás. El niño lo acaricia. Pero es brusco. Le da palmadas en la cabeza una y otra vez. A Mateo no le agrada. De la nada, el niño lo avienta por los aires. Alguien más se aproxima a él. Antes de que pueda caer al pasto recibe una patada en la cabeza. El dolor es tremendo. Luego, ya no recuerda nada.

De regreso a su casa después de ser atendido (una costilla rota, las orejas severamente lesionadas, derrame en el ojo izquierdo) lo entiende. Ahoga el llanto y respira profundo. Rosa tenía razón, ya está viejo para este trabajo. Sólo de recordar por lo que acaba de pasar un escalofrío lo cruza entero. Empacarán sus cosas, se irán mañana. Tal vez el padre de Rosa le pueda conseguir trabajo allá. Tal vez por fin puedan darse el lujo de tener familia.

Mientras sube las escaleras a su departamento nota que está decidido. Y que la idea de hacerla feliz, reafirma que está haciendo lo correcto. Cuando llega a su puerta e intenta meter la llave, nota que está abierta. No necesita terminar de entrar para saberlo: sabe que en la mesa de la cocina hay una nota con su nombre escrita por ella. Sabe que no estarán sus vestidos en el armario. Sabe que ella se ha ido.

La travesía

 

"La travesía"

Jhumpa Lahiri

Quiero cruzar un pequeño lago. Es realmente pequeño, pero aun así la otra orilla me parece demasiado distante, más allá de mis capacidades. Me consta que es un lago muy profundo y, aunque sé nadar, me da miedo encontrarme sola en el agua, sin ningún apoyo.

El lago del que hablo se encuentra en un lugar apartado, aislado. Para llegar hay que caminar un rato por un bosque silencioso. Al otro lado se ve una cabaña, la única vivienda en toda la orilla. El lago se formó inmediatamente después de la última glaciación, hace milenios. Su agua es límpida, aunque oscura; más pesada que el agua salada, ninguna corriente la surca. Una vez dentro, a pocos metros de la orilla ya no se ve el fondo.

Por la mañana observo a los que, como yo, visitan el lago. Contemplo cómo lo cruzan de manera desenvuelta y relajada, cómo se detienen unos minutos delante de la cabaña y luego vuelven. Cuento sus brazadas. Los envidio.

Durante un mes solo me atrevo a nadar bordeándolo, sin alejarme de la orilla. Es una distancia mucho mayor, la circunferencia respecto al diámetro. Tardo más de media hora en dar la vuelta completa, pero con la seguridad de que puedo pararme en cualquier momento, hacer pie si me canso. Es un buen ejercicio, aunque nada emocionante.

Una mañana, hacia el final del verano, quedo allí con dos amigos: me he decidido a cruzar el lago con ellos para llegar por fin a la cabaña del otro lado. Estoy cansada de limitarme a ir por la orilla.

Cuento las brazadas. Sé que mis compañeros están en el agua conmigo, pero también que estamos solos. Tras casi ciento cincuenta brazadas llegamos al medio, la parte más honda. Continúo. Después de cien brazadas más diviso el fondo de nuevo.

Llego al otro lado. Lo he conseguido sin problemas. Por primera vez, veo la cabaña a unos pasos de mí y, a lo lejos, las distantes y pequeñas siluetas de mi marido y de mis hijos. Parecen inalcanzables, aunque sepa que no lo son. Después de una travesía, la orilla conocida se convierte en la margen opuesta: aquí se convierte en allí. Cargada de energía, exultante, vuelvo a cruzar el lago.

Durante veinte años he estudiado italiano como si nadara por la orilla de aquel lago: siempre al lado de mi lengua dominante, el inglés; siempre bordeando la ribera. Ha sido un buen ejercicio, beneficioso para los músculos y el cerebro, aunque nada emocionante. Estudiando una lengua extranjera de ese modo, uno no se puede ahogar: el otro idioma está siempre allí para sustentarte, para salvarte. Pero no basta con flotar sin posibilidad de hundirse: para saber una nueva lengua, para sumergirse en ella, hay que alejarse de la orilla. Nadar sin salvavidas, sin contar con la tierra firme.

Unas semanas después de haber cruzado aquel lago pequeño y escondido, hago una segunda travesía, mucho más larga, pero nada fatigosa. Será la primera vez en mi vida que parto de verdad. Esta vez en barco, cruzo el océano Atlántico para instalarme en Italia

 

La muerte madrugado...

 

LA MUERTE MADRUGADORA

Rafael Bernal

Se dio cuenta de que no había dormido en tres noches, que durante tres noches vagó por las calles y los parques de la ciudad. De pronto sintió cierto orgullo de su hazaña, el orgullo que sentía al decirles a sus amigos, presumiendo: “No he dormido en tres noches”. Pero aquéllos eran amigos de parranda y aquéllas eran desveladas de parranda. Ahora lo desvelaba el miedo, ahora no lo dejaba dormir la necesidad de vivir huyendo. Cuando recordó esto, ya no sintió orgullo, sólo cansancio, un cansancio inmenso en las piernas, en los pies, en la espalda y un cansancio mayor en el alma. De lo único que tenía ganas era de sentarse y llorar, de llorar frente a alguien y de contarle toda la historia. Pero no veía a nadie a quién contársela. Para él ya no habría nunca nadie a quién decirle todo. Si lograba huir, perderse en el mundo de gente, siempre sabría que no podría contarle a nadie algo que sólo él cargaría. Se detuvo a pensar en esto. El parque estaba oscuro, ya cerca del anochecer. Estaba solo con sus pensamientos y se detuvo con ellos para recogerlos y revisarlos. Cada ruido habría de sobresaltarlo siempre. Se imaginó durmiendo en una cama, en una casa que fuera suya. Todo era agradable, pero cada toque de timbre en la puerta, cada paso a deshora habría de sobresaltarlo para siempre. Más valía acabar de una vez. No era posible vivir huyendo, huyendo de todos y de sí mismo. Tenía la inmensa necesidad de hablar con alguien, de confiarle a alguien.En una de las bancas estaba un hombre sentado. Se sentó junto a él y lo observó. El hombrecillo, de edad indefinida, de gruesos anteojos de miope, estaba entregado a la tarea de chuparse distraídamente un dedo. Se animó a hablarle:
—Me llamo Enrique Lagos.El hombrecillo pareció despertar. Se sacó el dedo de la boca y se tocó con respeto la punta de su sombrero.
—Teódulo Batanes, para servirlo.
—¿No reconoce mi nombre? Don Teódulo se apenó muchísimo. Hizo lo posible por recordar, pero no pudo, esbozó una sonrisa tímida y dijo:
—Me parece que… pues, francamente o verdaderamente no lo recuerdo o logro traer a la memoria.
—¿No ha leído usted los periódicos últimamente?
—Sí. Hace quince días leí que habían encontrado un cráneo en el cual estaba pensando o meditando en estos momentos. Es un problema que…
—Me refiero a los periódicos de hace tres días…
—No, francamente no puedo decir o asegurar que los haya leído.
—Hace tres días, el 22 de abril, asesiné a mi tío don Eulalio Robleda y Lagos. Hace tres días lo asesiné en el zaguán de la casa.
—Mal hecho. Muy mal hecho. Nunca un asesinato u homicidio…
—Pero es que no estoy seguro de que yo lo haya matado.
—¿Acaso es usted médico? Nunca están seguros de nada, ni siquiera están seguros de los enfermos que matan. Pero no, si fuera usted médico, no lo hubiera matado en el zaguán…
—No soy médico, soy borracho de profesión. Por lo menos lo era. La noche del 21 me emborraché terriblemente. Anduve con varios amigos y perdí el conocimiento de las cosas. Cuando desperté, estaba sentado en el zaguán de la casa. La puerta que da a la calle estaba cerrada y el tío Eulalio, muerto enfrente de mí. Estaba tendido en el suelo, sobre un charco de sangre. Eran más o menos las siete de la mañana. Yo tenía en la mano un puñal manchado de sangre…
—¿No quería o apreciaba a su tío?
—Me regañaba mucho por mi manera de vivir, pero en el fondo me quería y yo lo respetaba. Él siempre se levantaba a las cinco y se iba a misa de seis. Junto a su cadáver estaba su misal, el que siempre usaba. Mírelo usted, trae aún manchas de sangre.Enrique sacó de la bolsa del saco un grueso misal y se lo pasó a don Teódulo. Éste lo abrió donde estaba uno de los listones. Marcaba la misa del 21 de abril, fiesta de San Anselmo de Canterbury, obispo, confesor y doctor. Enrique seguía hablando:
—No sé por qué recogí el misal. Tal vez me dio vergüenza, miedo, el verlo así en el suelo, con la sangre que le iba llegando poco a poco. El caso es que lo recogí y me lo eché a la bolsa, casi sin darme cuenta. Luego salí huyendo y desde entonces vago por las calles.Ninguno de los dos dijo nada. Alrededor de ellos, entre los árboles, la noche se iba cerrando, afianzándose a los rincones del bosque. Enrique rompió el silencio:
—Del resto me he enterado por los periódicos. Dejé ahí el puñal y en él encontraron mis huellas digitales. Las identificaron porque están registradas en la policía. En una borrachera rompí una vez un aparador, me aprehendieron y me tomaron mi ficha…
—¿Aprovechando su borrachera no pudo haberlo matado alguna otra persona?
—Parece que no. Mis dos hermanos y mi tía dormían. No pudieron bajar al patio porque desde las seis y media estaba la vieja ama de llaves en el corredor, regando las macetas, y los hubiera visto salir. Además, el velador dice que mi tío Eulalio salió como siempre a misa y regresó cerca de las siete, entrando a la casa. Mis amigos, los que fueron conmigo a la parranda, dicen, y en ello los apoya el velador, que me dejaron en el zaguán, abrieron la puerta con mi llave, poco antes de la siete.
—Y el puñal o arma homicida, ¿de quién era?
—No sé. Yo nunca he usado puñal y los periódicos no hablan de ello. Eso es lo que me ha hecho pensar que yo no lo maté, que alguien me ha tomado como chivo expiatorio, viéndome tan borracho.
—Hay que llamar a la policía, hay que notificarla.
—Es lo mejor. Ya no puedo seguir así —convino Enrique.
En silencio se levantaron y caminaron por la calzada oscura, saliendo al cabo de un momento a la calle iluminada. A dos cuadras estaba la comisaría y don Teódulo, seguido de Enrique, se encaminó allá. Caminaban aprisa y en silencio. Don Teódulo llevaba en la mano el misal y se chupaba un dedo de la otra. En la puerta de la comisaría se detuvo y le preguntó a Enrique:
—¿No ha cambiado usted las marcas del misal?
—No, ni siquiera lo he abierto. Pero vamos de una vez… quiero dormir, dormir mucho.En la comisaría don Teódulo se acercó al comisario en turno.
—Vengo a denunciar a un asesino u homicida. Al asesino de don Eulalio Robleda y Lagos.
—Lo andamos buscando hace días —repuso el comisario.
—Yo sé quién es y dónde se le puede encontrar.
—Quién es, todos lo sabemos. ¿Dónde está?—Yo soy —dijo Enrique adelantándose.
—¿Usted? —preguntó don Teódulo, asombrado—.¡Ah, sí! Ahora entiendo o comprendo. No ha abierto usted el misal.
—¿Usted es Enrique Lagos? —preguntó el comisario.
—Sí —dijo Enrique.
—Pues en nombre de la ley, dese preso por el asesinato de su tío.
—No —dijo don Teódulo—, comete o incurre usted en un error. El asesino, obviamente, no es este joven, que tan sólo es un borracho o ebrio, vicio del que debería deshacerse, pero no el asesino.
—¿Qué? —preguntó Enrique.
—Sí. Tan seguro estoy de ello como de que ese cráneo que acaban de descubrir…
—¿Otro crimen? —gritó el comisario.
—Tal vez, pero se trata de un crimen que sucedió, según los cálculos de algunos antropólogos, hace cincuenta mil años y según los mismos, hace apenas unos quince mil. Verá usted, señor comisario, por el sitio mismo donde se encontró o halló ese cráneo…
—No me interesa su cráneo.
—A mí el mío tampoco me interesa, pero el que han encontrado hará unos quince días…
—¡Lo único que me interesa es el asesino de don Eulalio! Y el asesino es este individuo.
—No. No es este señor o caballero dipsómano el asesino. Eso salta a la vista. Él llegó a su casa a las siete de la mañana o cerca de esa hora, y ya don Eulalio, para ese entonces, ya estaba muerto o difunto, porque don Eulalio ese día no fue a misa. Fue asesinado, Dios tenga piedad de su alma, antes de salir a misa.
—¿Cómo lo sabe usted?
—Por este misal o ritual romano. Aquí está marcada la misa de San Anselmo de Canterbury, cuya fiesta o festividad cae el día 21 de abril, o sea el día anterior al crimen, lo cual nos indica clara y obviamente que don Eulalio no fue a misa el día 22 y en vista de que tenía por costumbre o regla invariable el ir todos los días a misa de seis, debemos suponer que fue muerto antes de ir a misa, o sea en los momentos cuando este caballero, borracho o en estado de ebriedad, aún no llegaba a su casa, porque si don Eulalio hubiera ido a misa ese día, la marca de su misal estaría puesta en la fiesta del día 22 que, si no me equivoco, es la de los santos Sotero y Cayo, papas y mártires…
—Pero entonces —gritó el comisario—, ¿quién mató a don Eulalio?
—El velador dijo que había visto salir a don Eulalio de su casa a las seis y volver a entrar poco antes de las siete, minutos antes que este joven, el cual llegaba en brazos de sus amigos. Esto nos indica que el velador ha mentido o faltado a la verdad y que, por lo tanto, el velador es el asesino.

—¡El velador! —exclamó Enrique.
—Sí —dijo don Teódulo—. El velador asesinó a su tío cuando éste salía a misa. Vio que sus amigos lo traían borracho o en estado de ebriedad y resolvió que usted fuera el responsable de tan nefando crimen. Lo metió a la casa, lo acostó a dormir en el zaguán y le puso el puñal en la mano, pero no pensó en el misal.