miércoles, 26 de noviembre de 2025

"El pasillo"

 El pasillo del ázucar 

Bernardo Fernández Bef 

A Raquel, la real, que me avisó de la muerte de Lennon 

—La maestra Marilú es un mutante— dijo Raquel. 

—¿Un qué? —pregunté. 

—Mutante, un... un como monstruo. Sólo que peor. 

—¿Cómo sabes? —Raquelsiempre decía palabras raras. 

Era la hora del recreo y sólo nosotros dos estábamos en el salón. La maestra nos había castigado por estar hablando a media clase. 

—Pues no es difícil darse cuenta. Basta ver su cara. 

Realmente la maestra Gorilú era espantosa. Pero, ¿mutante? 

—Yo preguntaba cómo lo descubriste. 

Raquel puso su cara de “tengo un secreto que no puedo decirte”, que incluía esa sonrisa, muy estirada pero sin abrir la boca, y esos ojos que parecían conocer de algo que yo no conocía ni imaginaba. Me chocaba cuando lo hacía. 

La maestra Marilú tenía lentes de mosca, la cara llena de granos (o cicatrices provocadas por ellos), nariz aplastada y el pelo chino, muy chino, como un jugador de básquet, sólo que ella era chaparrita. Claro, en relación con los adultos, porque era más alta que nosotros. Bueno, que Raquel no, que era la más grande de las niñas. 

Era la maestra más regañona. Cuando te portabas mal te castigaba, si no sabías lo que preguntaba te jalaba de las patillas o te daba coscorrones, y si estabas masticando chicle te lo pegaba en el pelo. 

Nunca sonreía. Todos le teníamos miedo. Mucho. 

—¿Prometes no decir nada, Bernardo? —me preocupaba cuando decía eso. Siempre salía algo mal. 

—Prometo. 

—Ayer la vi en el súper—susurró Raquel. 

—¡¿A la maestra Monstrilú?! Si me la hubiera topado yo, estaría muerto del susto. 

—Yo iba con mi mamá. 

—Eso cambia las cosas. Así nada puede pasarte. 

—Ella iba sola— continuó—, llevaba un carrito vacío. Eso fue lo primero que me hizo sospechar. 

—¿Por qué? 

—Pues porque en el súper todos llevan carritos llenos, tonto. 

—Nunca me había fijado. ¿Y luego? 

—Mamá estaba escogiendo la verdura. Como trabaja, siempre vamos al súper de noche, cuando no hay mucha gente. 

—Mi mamá también trabaja, pero no nos lleva de compras a Alfredo y a mí. Dice que damos mucha lata. 

—Y entonces... 

¡Paf! Un balón golpeó la puerta del salón. Nos hizo brincar a los dos. “¡Niños!”, oímos gritar a alguna maestra allá afuera. A pesar de estar castigado, me parecía más interesante lo que estaba pasando adentro. 

Raquel se me quedó viendo con aquellos ojos que parecían muy chiquitos para su cara. Respiró profundo y dijo: 

—Y entonces mi mamá me mandó por el azúcar. 

Me quedé viéndola. Pasó un segundo. Ella me miraba sin parpadear. Pasó otro. Al tercero, le pregunté: 

—¿Y eso qué? 

Pareció sorprendida. 

—Ah, es que me adelanté. Lo que pasa es que había visto a la maestra meterse en ese pasillo. Y no se veía a nadie 

más por ahí. “Mejor vamos juntas cuando acabes con los jitomates” le dije. Ella me miró con ojos de pistola. Quise insistir, pero con mi mamá no se juega. Ya lo sabía. La conocí una vez que fui a su casa. Regañó a Raquel por una tontería y le gritó. Pensándolo bien, daba tanto miedo como la maestra. 

—Y allá voy, al pasillo del azúcar. Iba pensando en qué le iba a decir a la maestra cuando la viera. 

—Yo no sabría. 

—Esperé un momento para ver si la veía salir. Pero tardaba. Desde las verduras mi mamá no podía verme, pero la oí decir “Raqueeeeeel, apúuuuuurate”. 

Seguro que le gritó. Así era su mamá. 

—Y ahí me di cuenta de que no había nadie más en esa parte del súper. Sólo ella y yo. 

Raquel hizo una pausa y por un momento me pareció que todo se había quedado en silencio, pese a que en el patio seguía el recreo y todos los gritos de los niños parecían un solo zumbido de insecto gigante, y en la pared, arriba del pizarrón, el segundero del reloj hacía cric, cric, como un grillo. 

—Caminé hacia el pasillo. Iba despacito, despacito, tratando de tardarme lo más posible... 

La imaginé como una bailarina, con sus piernas largas, dando pasos lentos. 

—...pero no era tan lejos. Ella seguía ahí dentro. No entendía como podía tardarse tanto en escoger un paquete de azúcar. Mi corazón se empezó a acelerar, Pum Pum, pasé el pasillo de las galletas y los cereales, Pum Pum, el de las sopas y las latas, Pum Pum, la vieja no salía del de la sal y el azúcar, Pum Pum, dejé atrás el de los granos y el arroz, Pum Pum, y cuando llegué al del papel de baño, Pum Pum, me detuve, Pum Pum, me temblaban las piernas, Pum Pum, no podía seguir avanzando, Pum Pum, me iba a regresar, Pum Pum, cuando me gritó mi mamá, Pum Pum, “¡Raqueeeeel!”, Pum Pum, ya iba a meterme, Pum Pum, cuando oí un ruido, Pum Pum, era algo tragando, Pum Pum, o mejor dicho, atragántandose, Pum Pum, como cuando comen los perros, Pum Pum, más fuerte, Pum Pum, munch, munch, munch, Pum Pum, masticando desesperadamente, Pum Pum, “¡¡¡Raquel, caramba!!! Pum Pum, y sin pensarlo más me metí en el pasillo, Pum Pum , y lo que ví me dejó fría... ¡¡Riiiiing!! tronó la chicharra en el patio. Los demás niños entraron al salón gritando. Mi grupo había quedado empatado en el partido de fútbol con el grupo del salón de junto y las niñas dejaron a medias un juego de la casita. Todos se sentaron en su lugar. En medio delruido, le pregunté a Raquel: 

—¿Qué viste, qué viste? 

—Era como un insect... 

Entró la maestra y todos callaron. Se le quedó viendo a Raquel, que se puso pálida. 

—A tu lugar— le dijo. 

Dio clase de matemáticas y pasó a Raquel al pizarrón a que hiciera una raíz cuadrada. No supo. 

—Te quedas castigada después de clase— le dijo. 

A la hora de la salida quise acercarme a Raquel, pero la maestra Marilú le puso unos ejercicios de quebrados en el pizarrón y me dijo que me fuera. Vi el terror en los ojos de mi amiga, pero tuve miedo y me salí. 

Iba caminando a la casa junto con mi hermanito; sentía pánico, pero había abandonado a Raquel. Podría estar en peligro. Decidí regresar. 

—Adelántate a la casa— le dije a Alfredo. 

—¿Adónde vas? 

—A... a... ¡A comprar una monografía! 

—Yo quiero ir. 

—No, no, voy solo. 

—Te quiero acompañar. 

—¡Que no, que voy solo! ¿Por qué los hermanos menores se ponen tan necios en situaciones como éstas? 

—¿Por qué los hermanos mayores son tan pesados?— preguntó y se fue. 

Cuando regresé, no había nadie en la escuela. Estaba silenciosa. Podías escuchar el vuelo de una 

mosca. 

Corrí hasta el salón. La puerta estaba cerrada, pero desde afuera se veían las siluetas de Raquel y la maestra. Iba a entrar cuando... 

Bzzzzzzt. 

Se oía suave, quedito... 

Bzzzzzzt. 

…un zumbido, como de abeja... 

Bzzzzzzt. 

…venía de adentro... 

Bzzzzzzt. 

…también se oían quejidos... 

Bzzzzzzt. 

...era Raquel... 

Bzzzzzzt. 

...me asomé... 

Bzzzzzzt. 

...y vi la espalda de la maestra Marilú... 

Bzzzzzzt. 

...con un par de alas transparentes y venosas sacudiéndose... 

Grité. 

No me quedé a ver más. Corrí tan rápido como pude. No me detuve hasta que llegué a casa. Iba llorando. El susto me dio diarrea y no fui a la escuela al día siguiente, que era viernes. No pude contarle a mi mamá. 

Cuando regresé, el lunes, me acerqué a Raquel a la hora del recreo. 

—¡Tienes razón! ¡La maestra Insectú es un mutante! 

Me volteó a ver, confundida. Pero el brillo que siempre habían tenido sus ojos ya no estaba ahí. 

—¿Un qué? — preguntó. Parecía un zombie. 

—Un mutante, uno como monstruo, pero peor. Tú me dijiste. Del día que te la encontraste en el súper. 

—Yo nunca dije eso— y se dio media vuelta y se fue, caminando como sonámbula. 

Me quedé aturdido, en medio del patio del colegio. No sabía qué pensar. Entonces sentí una mirada en la espalda. 

Volteé y vi a la maestra Marilú. En su cara, noté algo que jamás le había visto hacer: Sonreía.

 

 


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