"El sombrero de
Mateo"
Valeria Gascón
Mateo llega arrastrando los pies. Es poco más de la medianoche. La
cabeza le pesa. El dolor en sus orejas es insoportable. Se quita la pajarita y
la deja sobre el buró. No prende la luz. Se acuesta intentado no moverse. Sabe
que ella está despierta pero prefiere actuar como si no lo estuviera. Apenas
pone la cabeza en la almohada la escucha:
— ¿Por qué tan tarde, Mateo?
Ella ni siquiera voltea a verlo. Le habla dándole la espalda.
—Ya te había dicho, Rosa, hoy nos quedamos a ensayar el número.
Debe salir impecable. Los niños cada vez preguntan más y están muy atentos. Ya
no se les engaña tan fácil y se aburren rápido.
— ¿Te van a pagar horas extras? ¿Preguntaste ya por las
vacaciones?
—No, aún no. La próxima vez preguntaré. Cuando se dé la
oportunidad lo haré, te lo prometo.
Rosa guarda silencio. Se remueve entre las sábanas. Ni siquiera le
dice buenas noches. Mateo se da cuenta de que ella se ha dormido cuando la
escucha roncar. Él intenta conciliar el sueño pero no le es posible. El dolor
de orejas lo está matando. Se pone las pantuflas y va hacia la cocina. En el
refrigerador no hay más que zanahorias y una cerveza.
—Lo hace a propósito—piensa—, sabe que no me gustan. Que sólo las
como en el trabajo. Como debe de ser.
Saca la cerveza y la destapa. Mira por la ventana. La ciudad está
despierta. El sonido de los carros y la gente es algo que siempre lo ha
cautivado. Suspira, es verdad. Detesta reconocerlo pero es verdad. El trabajo
cada vez es más escaso. Y por si fuera poco mucho más difícil. Se le hacen ya
lejanos, muy lejanos, los recuerdos de los niños sonriendo. Felices. Con la
sorpresa colgada en sus ojos cada vez que él salía del sombrero. Sí, las orejas
le dolían siempre. Sentía que iba a desgarrarse. A caer al piso sin ellas. Pero
nada valía tanto como la sonrisa de los niños. O sus deseos de tomarlo en sus
manos. De acariciarlo un momento. Él y nadie más era la estrella en ese número.
Y vivía para eso. ¿Qué importaba que no tuviera vacaciones? ¿Que le pagaran el
mínimo? Rosa no lo entendía. Tal vez no podía entenderlo. ¿Por qué quería irse
de aquí? Se habían conocido en la ciudad. Ella estaba de vacaciones, toda su
familia era del campo. Cuando comenzaron a salir él nunca le mintió. Nunca le
ocultó su pasión por la magia. La escucha removerse en la cama. La quiere. En
verdad la ama. Pero detesta la idea de irse de esta ciudad, de trabajar en otra
cosa. No podría soportarlo.
Deja el envase de cerveza vacío en el basurero. Se va al baño y
humedece su cara. Mira su rostro en el espejo. Se está haciendo viejo. Y no
sabe qué más hacer además de ser un conejo de sombrero. Un conejo que se
esconde en el compartimento secreto de un farsante y es jalado bruscamente para
ser mostrado a los niños con su mejor cara de susto (ha practicado mucho en
ella. Horas invertidas para lograr el mejor gesto).
Rosa está en la puerta. Él la ve por el espejo. No es quien solía
ser. Pero sigue siendo bella. Un rictus de amargura le ha poseído en los
últimos meses el rostro, aunque Mateo confía en que pronto se le borrará.
— ¿Qué estás haciendo?
—No podía dormir. Vine a refrescarme un momento. Ahora regreso a
dormir.
Rosa suspira. Se le acerca. Él voltea para verla de frente. Ella
le da un beso en la mejilla y le acaricia las orejas.
—Estoy cansada de verte venir casi todas las noches con los pies
arrastrando. Con las orejas amoratadas y cada vez más triste. Ya estamos
haciéndonos viejos, Mateo. Y tu trabajo es muy pesado. ¿Por qué no dejamos todo
esto? Este hoyo que tenemos por casa. ¿Por qué no ahorramos un poco y nos vamos
de aquí? A otro lugar mejor. Donde tú y yo podamos descansar a gusto.
Él la mira. A Rosa se le han llenado los ojos de lágrimas. Detesta
hacerle esto.
—Déjame pensarlo. Déjame considerarlo esta semana, ¿si? Y ya
veremos.
Rosa deja caer las manos. Hace una mueca de fastidio y se va.
Cuando ya está de espaldas le dice con la voz quebrada pero envuelta en coraje:
—No me mientas, Mateo, sabes que no lo soporto. Voy a dormir un
poco más. Trabajo hoy de madrugada.
La ve irse. Regresa a acostarse de nuevo, pero no puede conciliar
el sueño. Pasa la noche en vela. Le emociona pensar que en unas horas tendrá
una función de cumpleaños. Es al aire libre. Esas fiestas son sus preferidas.
Usualmente los niños piden cargarlo un momento y lo dejan en el jardín andar un
rato, y él puede actuar como un conejo inocente, sorprendido por el pasto y las
personas.
Rosa ya se ha ido. Apenas y le dirigió la palabra cuando se fue a
trabajar. La siente hastiada. Ya la ha visto así antes, aunque tal vez nunca
tan fastidiada. Se le ocurre que pedirá un par de días libres para estar con
ella y está seguro de que con eso la idea de irse se le pasará. Se mete a
bañar. Se arregla. Siempre ha sido un buen detalle el ponerse la corbata de
moñito. Al verla los niños siempre se deshacen de ternura.
El calor es asfixiante. La fiesta ha sido programada para el
mediodía y él está encerrado en el sombrero sin poder salir. Su número se
acerca. El sombrero ha sido ya movido y ha escuchado los tres golpecitos, la
señal.
Todo pasa rápido: la luz que lo ciega, el dolor en las orejas, su
cara de espanto. Ha salido perfecto. Hay algunos aplausos. Alguien pide
cargarlo un momento. Es para él como el equivalente a dar autógrafos. Estar en
contacto con su público. Se lo han dado a un niño que parece mayor que todos
los demás. El niño lo acaricia. Pero es brusco. Le da palmadas en la cabeza una
y otra vez. A Mateo no le agrada. De la nada, el niño lo avienta por los aires.
Alguien más se aproxima a él. Antes de que pueda caer al pasto recibe una
patada en la cabeza. El dolor es tremendo. Luego, ya no recuerda nada.
De regreso a su casa después de ser atendido (una costilla rota,
las orejas severamente lesionadas, derrame en el ojo izquierdo) lo entiende.
Ahoga el llanto y respira profundo. Rosa tenía razón, ya está viejo para este
trabajo. Sólo de recordar por lo que acaba de pasar un escalofrío lo cruza
entero. Empacarán sus cosas, se irán mañana. Tal vez el padre de Rosa le pueda
conseguir trabajo allá. Tal vez por fin puedan darse el lujo de tener familia.
Mientras sube las escaleras a su departamento nota que está
decidido. Y que la idea de hacerla feliz, reafirma que está haciendo lo
correcto. Cuando llega a su puerta e intenta meter la llave, nota que está
abierta. No necesita terminar de entrar para saberlo: sabe que en la mesa de la
cocina hay una nota con su nombre escrita por ella. Sabe que no estarán sus
vestidos en el armario. Sabe que ella se ha ido.
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