"La bruja de la nuez moscada"
Paula Torres Gorozarri
Hay una mosca rarísima en
la cocina. No la quiero mirar, que me distrae.
Me encanta ver cocinar a mi
madre. Los sábados por la mañana se mete en la cocina y cierra la puerta. Se
pone música, un delantal y empieza a mezclar ingredientes (qué palabra más
difícil). Amasa, bate, revuelve entre los botes y cantamos juntas, porque yo me
sé todas las canciones que le gustan. A mi hermana Elena no le interesa nada la
cocina, siempre se queda fuera leyendo historias y luego nos las cuenta como si
fuéramos tontas, porque ella se cree súper lista. Bueno, en verdad sí que es
lista. MUY lista.
Ayer hicimos croquetas.
Siempre están riquísimas, pero esta vez sabían regular y yo no lo entendía,
porque estuve delante todo el rato mientras mi madre las preparaba y no vi nada
diferente a otras veces. Calentó la mantequilla, la mezcló con harina y leche,
removió y removió… Luego echó la sal, los otros polvitos marrones, lo mezcló
con mini trozos de jamón en un cuenco grande y lo dejó enfriar. Me dejó rebañar
el cazo antes de fregarlo, que es lo que más me gusta del mundo, y llamamos a
Elena para que me “ayudara”. Yo intenté meter la cuchara muy rápido para
dejarle lo menos posible, y se enfadó. Me llamó rata tonta y me dijo que yo ni
siquiera conocía el secreto de las croquetas y que no me lo iba a contar. Le
pedí perdón por haberme comido casi todo y le supliqué que me lo contara. Lo
hizo, pero antes le tuve que prometer que la próxima vez el cazo lo rebañaría
ella sola. Yo se lo prometí, pero con los dedos cruzados, no os creáis (si
cruzas los dedos cuando haces una promesa no tienes que cumplirla, lo vi en una
serie). Cuando Elena empezó a hablar, vimos que la mosca rara seguía volando
por toda la cocina y no nos dimos cuenta de que se posaba en su hombro, como si
quisiera enterarse también. La historia era más o menos esta:
Las croquetas las inventó
hace muchísimos años un señor de Ávila que se llamaba Juan Croquette. Su abuelo
era francés, el pobre (eso dice mi madre cuando alguien dice que alguien es
francés), y por eso se apellidaba así. Enseñó a su nieto a hacer la bechamel
para que la usara en todas las salsas que quisiera, y al pequeño Juan se le
ocurrió mezclarla con unos trocitos de jamón que se habían quedado secos. Así
no los tiraba, porque no hay que tirar la comida. Luego le echó un pellizquito
de una especie (Elena dice especia pero está mal, es especie)
que se llama nuez moscada, por si el jamón ya no estaba rico, e hizo bolitas
alargadas con la masa. Las pasó por huevo y pan rallado, y como diría su
abuelo, vualá, nacieron las croquetas de Juan Croquette. El secreto
era remover la bechamel todo el rato y no pasarse con la nuez moscada, que eran
esos polvos marrones que mi madre echaba siempre.
En este punto de la
historia, la mosca rara daba saltitos en el hombro de Elena, que me estaba
contando que la nuez moscada venía de lejísimos, de Indonesia o de por ahí. Que
en la Edad Media ya se usaba porque nos la habían traído los árabes y que… Elena
no pudo seguir hablando porque en ese momento una voz desconocida y chillona
exclamó:
—¡ESO ES MENTIRA!
Salimos corriendo de la
cocina dando un portazo con un susto horrible, aunque yo pensé que había sido
Elena poniendo voces para darme miedo.
Esa noche, las croquetas de
Juan Croquette y de mi madre estaban malas. Y mi madre no lo entendía, decía
que sabían demasiado a nuez moscada y que ella no había echado tanta. Me
parecía como si oyese risitas por la cocina, pero eso no tenía sentido, debía
de ser la cena, que me había sentado mal.
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