LA MUERTE MADRUGADORA
Rafael Bernal
Se
dio cuenta de que no había dormido en tres noches, que durante tres noches vagó
por las calles y los parques de la ciudad. De pronto sintió cierto orgullo de
su hazaña, el orgullo que sentía al decirles a sus amigos, presumiendo: “No he
dormido en tres noches”. Pero aquéllos eran amigos de parranda y aquéllas eran
desveladas de parranda. Ahora lo desvelaba el miedo, ahora no lo dejaba dormir
la necesidad de vivir huyendo. Cuando recordó esto, ya no sintió orgullo, sólo
cansancio, un cansancio inmenso en las piernas, en los pies, en la espalda y un
cansancio mayor en el alma. De lo único que tenía ganas era de sentarse y
llorar, de llorar frente a alguien y de contarle toda la historia. Pero no veía
a nadie a quién contársela. Para él ya no habría nunca nadie a quién decirle
todo. Si lograba huir, perderse en el mundo de gente, siempre sabría que no
podría contarle a nadie algo que sólo él cargaría. Se detuvo a pensar en esto.
El parque estaba oscuro, ya cerca del anochecer. Estaba solo con sus
pensamientos y se detuvo con ellos para recogerlos y revisarlos. Cada ruido
habría de sobresaltarlo siempre. Se imaginó durmiendo en una cama, en una casa
que fuera suya. Todo era agradable, pero cada toque de timbre en la puerta,
cada paso a deshora habría de sobresaltarlo para siempre. Más valía acabar de
una vez. No era posible vivir huyendo, huyendo de todos y de sí mismo. Tenía la
inmensa necesidad de hablar con alguien, de confiarle a alguien.En una de las
bancas estaba un hombre sentado. Se sentó junto a él y lo observó. El
hombrecillo, de edad indefinida, de gruesos anteojos de miope, estaba entregado
a la tarea de chuparse distraídamente un dedo. Se animó a hablarle:
—Me llamo Enrique Lagos.El hombrecillo pareció despertar. Se sacó el dedo de la
boca y se tocó con respeto la punta de su sombrero.
—Teódulo Batanes, para servirlo.
—¿No reconoce mi nombre? Don Teódulo se apenó muchísimo. Hizo lo posible por
recordar, pero no pudo, esbozó una sonrisa tímida y dijo:
—Me parece que… pues, francamente o verdaderamente no lo recuerdo o logro traer
a la memoria.
—¿No ha leído usted los periódicos últimamente?
—Sí. Hace quince días leí que habían encontrado un cráneo en el cual estaba
pensando o meditando en estos momentos. Es un problema que…
—Me refiero a los periódicos de hace tres días…
—No, francamente no puedo decir o asegurar que los haya leído.
—Hace tres días, el 22 de abril, asesiné a mi tío don Eulalio Robleda y Lagos.
Hace tres días lo asesiné en el zaguán de la casa.
—Mal hecho. Muy mal hecho. Nunca un asesinato u homicidio…
—Pero es que no estoy seguro de que yo lo haya matado.
—¿Acaso es usted médico? Nunca están seguros de nada, ni siquiera están seguros
de los enfermos que matan. Pero no, si fuera usted médico, no lo hubiera matado
en el zaguán…
—No soy médico, soy borracho de profesión. Por lo menos lo era. La noche del 21
me emborraché terriblemente. Anduve con varios amigos y perdí el conocimiento
de las cosas. Cuando desperté, estaba sentado en el zaguán de la casa. La
puerta que da a la calle estaba cerrada y el tío Eulalio, muerto enfrente de
mí. Estaba tendido en el suelo, sobre un charco de sangre. Eran más o menos las
siete de la mañana. Yo tenía en la mano un puñal manchado de sangre…
—¿No quería o apreciaba a su tío?
—Me regañaba mucho por mi manera de vivir, pero en el fondo me quería y yo lo
respetaba. Él siempre se levantaba a las cinco y se iba a misa de seis. Junto a
su cadáver estaba su misal, el que siempre usaba. Mírelo usted, trae aún
manchas de sangre.Enrique sacó de la bolsa del saco un grueso misal y se lo
pasó a don Teódulo. Éste lo abrió donde estaba uno de los listones. Marcaba la
misa del 21 de abril, fiesta de San Anselmo de Canterbury, obispo, confesor y
doctor. Enrique seguía hablando:
—No sé por qué recogí el misal. Tal vez me dio vergüenza, miedo, el verlo así
en el suelo, con la sangre que le iba llegando poco a poco. El caso es que lo
recogí y me lo eché a la bolsa, casi sin darme cuenta. Luego salí huyendo y
desde entonces vago por las calles.Ninguno de los dos dijo nada. Alrededor de
ellos, entre los árboles, la noche se iba cerrando, afianzándose a los rincones
del bosque. Enrique rompió el silencio:
—Del resto me he enterado por los periódicos. Dejé ahí el puñal y en él
encontraron mis huellas digitales. Las identificaron porque están registradas en
la policía. En una borrachera rompí una vez un aparador, me aprehendieron y me
tomaron mi ficha…
—¿Aprovechando su borrachera no pudo haberlo matado alguna otra persona?
—Parece que no. Mis dos hermanos y mi tía dormían. No pudieron bajar al patio
porque desde las seis y media estaba la vieja ama de llaves en el corredor,
regando las macetas, y los hubiera visto salir. Además, el velador dice que mi
tío Eulalio salió como siempre a misa y regresó cerca de las siete, entrando a
la casa. Mis amigos, los que fueron conmigo a la parranda, dicen, y en ello los
apoya el velador, que me dejaron en el zaguán, abrieron la puerta con mi llave,
poco antes de la siete.
—Y el puñal o arma homicida, ¿de quién era?
—No sé. Yo nunca he usado puñal y los periódicos no hablan de ello. Eso es lo
que me ha hecho pensar que yo no lo maté, que alguien me ha tomado como chivo
expiatorio, viéndome tan borracho.
—Hay que llamar a la policía, hay que notificarla.
—Es lo mejor. Ya no puedo seguir así —convino Enrique.
En silencio se levantaron y caminaron por la calzada oscura, saliendo al cabo
de un momento a la calle iluminada. A dos cuadras estaba la comisaría y don
Teódulo, seguido de Enrique, se encaminó allá. Caminaban aprisa y en silencio.
Don Teódulo llevaba en la mano el misal y se chupaba un dedo de la otra. En la
puerta de la comisaría se detuvo y le preguntó a Enrique:
—¿No ha cambiado usted las marcas del misal?
—No, ni siquiera lo he abierto. Pero vamos de una vez… quiero dormir, dormir
mucho.En la comisaría don Teódulo se acercó al comisario en turno.
—Vengo a denunciar a un asesino u homicida. Al asesino de don Eulalio Robleda y
Lagos.
—Lo andamos buscando hace días —repuso el comisario.
—Yo sé quién es y dónde se le puede encontrar.
—Quién es, todos lo sabemos. ¿Dónde está?—Yo soy —dijo Enrique adelantándose.
—¿Usted? —preguntó don Teódulo, asombrado—.¡Ah, sí! Ahora entiendo o comprendo.
No ha abierto usted el misal.
—¿Usted es Enrique Lagos? —preguntó el comisario.
—Sí —dijo Enrique.
—Pues en nombre de la ley, dese preso por el asesinato de su tío.
—No —dijo don Teódulo—, comete o incurre usted en un error. El asesino,
obviamente, no es este joven, que tan sólo es un borracho o ebrio, vicio del
que debería deshacerse, pero no el asesino.
—¿Qué? —preguntó Enrique.
—Sí. Tan seguro estoy de ello como de que ese cráneo que acaban de descubrir…
—¿Otro crimen? —gritó el comisario.
—Tal vez, pero se trata de un crimen que sucedió, según los cálculos de algunos
antropólogos, hace cincuenta mil años y según los mismos, hace apenas unos
quince mil. Verá usted, señor comisario, por el sitio mismo donde se encontró o
halló ese cráneo…
—No me interesa su cráneo.
—A mí el mío tampoco me interesa, pero el que han encontrado hará unos quince
días…
—¡Lo único que me interesa es el asesino de don Eulalio! Y el asesino es este
individuo.
—No. No es este señor o caballero dipsómano el asesino. Eso salta a la vista.
Él llegó a su casa a las siete de la mañana o cerca de esa hora, y ya don
Eulalio, para ese entonces, ya estaba muerto o difunto, porque don Eulalio ese
día no fue a misa. Fue asesinado, Dios tenga piedad de su alma, antes de salir
a misa.
—¿Cómo lo sabe usted?
—Por este misal o ritual romano. Aquí está marcada la misa de San Anselmo de
Canterbury, cuya fiesta o festividad cae el día 21 de abril, o sea el día
anterior al crimen, lo cual nos indica clara y obviamente que don Eulalio no
fue a misa el día 22 y en vista de que tenía por costumbre o regla invariable
el ir todos los días a misa de seis, debemos suponer que fue muerto antes de ir
a misa, o sea en los momentos cuando este caballero, borracho o en estado de
ebriedad, aún no llegaba a su casa, porque si don Eulalio hubiera ido a misa
ese día, la marca de su misal estaría puesta en la fiesta del día 22 que, si no
me equivoco, es la de los santos Sotero y Cayo, papas y mártires…
—Pero entonces —gritó el comisario—, ¿quién mató a don Eulalio?
—El velador dijo que había visto salir a don Eulalio de su casa a las seis y
volver a entrar poco antes de las siete, minutos antes que este joven, el cual
llegaba en brazos de sus amigos. Esto nos indica que el velador ha mentido o
faltado a la verdad y que, por lo tanto, el velador es el asesino.
—¡El
velador! —exclamó Enrique.
—Sí —dijo don Teódulo—. El velador asesinó a su tío cuando éste salía a misa.
Vio que sus amigos lo traían borracho o en estado de ebriedad y resolvió que
usted fuera el responsable de tan nefando crimen. Lo metió a la casa, lo acostó
a dormir en el zaguán y le puso el puñal en la mano, pero no pensó en el misal.
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