"La
travesía"
Jhumpa
Lahiri
Quiero cruzar un pequeño
lago. Es realmente pequeño, pero aun así la otra orilla me parece demasiado
distante, más allá de mis capacidades. Me consta que es un lago muy profundo y,
aunque sé nadar, me da miedo encontrarme sola en el agua, sin ningún apoyo.
El lago del que hablo se
encuentra en un lugar apartado, aislado. Para llegar hay que caminar un rato
por un bosque silencioso. Al otro lado se ve una cabaña, la única vivienda en
toda la orilla. El lago se formó inmediatamente después de la última glaciación,
hace milenios. Su agua es límpida, aunque oscura; más pesada que el agua
salada, ninguna corriente la surca. Una vez dentro, a pocos metros de la orilla
ya no se ve el fondo.
Por la mañana observo a los
que, como yo, visitan el lago. Contemplo cómo lo cruzan de manera desenvuelta y
relajada, cómo se detienen unos minutos delante de la cabaña y luego vuelven.
Cuento sus brazadas. Los envidio.
Durante un mes solo me
atrevo a nadar bordeándolo, sin alejarme de la orilla. Es una distancia mucho
mayor, la circunferencia respecto al diámetro. Tardo más de media hora en dar
la vuelta completa, pero con la seguridad de que puedo pararme en cualquier
momento, hacer pie si me canso. Es un buen ejercicio, aunque nada emocionante.
Una mañana, hacia el final
del verano, quedo allí con dos amigos: me he decidido a cruzar el lago con
ellos para llegar por fin a la cabaña del otro lado. Estoy cansada de limitarme
a ir por la orilla.
Cuento las brazadas. Sé que
mis compañeros están en el agua conmigo, pero también que estamos solos. Tras
casi ciento cincuenta brazadas llegamos al medio, la parte más honda. Continúo.
Después de cien brazadas más diviso el fondo de nuevo.
Llego al otro lado. Lo he
conseguido sin problemas. Por primera vez, veo la cabaña a unos pasos de mí y,
a lo lejos, las distantes y pequeñas siluetas de mi marido y de mis hijos.
Parecen inalcanzables, aunque sepa que no lo son. Después de una travesía, la
orilla conocida se convierte en la margen opuesta: aquí se
convierte en allí. Cargada de energía, exultante, vuelvo a cruzar
el lago.
Durante veinte años he
estudiado italiano como si nadara por la orilla de aquel lago: siempre al lado
de mi lengua dominante, el inglés; siempre bordeando la ribera. Ha sido un buen
ejercicio, beneficioso para los músculos y el cerebro, aunque nada emocionante.
Estudiando una lengua extranjera de ese modo, uno no se puede ahogar: el otro
idioma está siempre allí para sustentarte, para salvarte. Pero no basta con
flotar sin posibilidad de hundirse: para saber una nueva lengua, para
sumergirse en ella, hay que alejarse de la orilla. Nadar sin salvavidas, sin
contar con la tierra firme.
Unas semanas después de
haber cruzado aquel lago pequeño y escondido, hago una segunda travesía, mucho
más larga, pero nada fatigosa. Será la primera vez en mi vida que parto de
verdad. Esta vez en barco, cruzo el océano Atlántico para instalarme en Italia
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