"Niebla"
Natsume
Soseki
Esta noche, durante toda la noche, he estado oyendo el eco de
un golpeteo más allá de mi almohada. Esto es gracias al hecho de tener la gran
estación de Clapham Junction en la vecindad. En el transcurso de un solo día,
más de mil trenes entran en esta estación. Si esto se divide por los minutos de
un día, resulta que cada minuto aproximadamente un tren entra o sale de aquí.
En los momentos de niebla espesa, cada tren señala que está a punto de entrar
en la estación haciendo un ruido como de petardo. Está tan oscuro que las
señales luminosas, tanto si están en verde como en rojo, son completamente inútiles.
Me levanto de la cama, subo la persiana y miro hacia afuera,
y veo que todo está nebuloso. Desde el fondo del césped de abajo hasta lo alto
de los muros de ladrillo de casi dos metros de altura que lo rodean por tres
lados, nada es visible. Sólo un vacío total llena el aire. Y éste está
silenciosamente helado. El jardín vecino es exactamente igual. En ese jardín
hay un bonito césped, y en los cálidos días de principios de primavera un
anciano de barba blanca parece tomar el sol. En estas ocasiones el anciano
siempre lleva un loro en la mano derecha. Acerca los ojos hasta una distancia
en que el loro puede picotearle. Éste agita las alas y chilla continuamente.
Cuando el anciano no está, su hija, arrastrando una larga falda, siempre pasa
el cortacésped por la hierba. Ahora este jardín, tan rico en recuerdos, también
está enterrado en la niebla, y entre él y el jardín descuidado de mi pensión no
hay ninguna separación, ya que el uno se funde imperceptiblemente en el otro.
Al otro lado de la calle, en el, extremo de la callejuela, se
levanta la aguja de una iglesia gótica. Desde el gris de esta aguja, en el
punto más alto que atraviesa el cielo, las campanas dan la hora. Son
particularmente ruidosas el domingo. Hoy, claro está, no sólo no se puede
descubrir la puntiaguda torre, sino que incluso el paradero del edificio
principal de la iglesia, compuesto por secciones irregulares de piedra tallada,
es oscuro. ¿Es aquello?, me pregunto, mirando a un lugar que parece un poco negro,
pero los sonidos de las campanas están completamente mudos. Están intensamente
sellados en las profundidades de una densa niebla donde las formas de las
campanas son invisibles.
Cuando salgo, sólo hay visibilidad unos cuatro metros delante
de mi. Cuando uno avanza cuatro metros, otros cuatro metros delante de él se
hacen visibles. Camino preguntándome si el mundo se ha encogido hasta tener
cuatro metros cuadrados, y cuanto más camino más nuevos cuatro metros cuadrados
aparecen. En su lugar, el mundo por el que he caminado entra en el pasado y
desaparece continuamente.
Mientras espero el autobús en el cruce, la cabeza de un
caballo súbitamente atraviesa el aire gris y aparece ante mis ojos. Pero las
personas que están en lo alto del autobús todavía no emergen de la niebla.
Desafiando a la niebla, subo de un salto al autobús y miro hacia abajo, pero la
cabeza del caballo ya se ve algo confusamente. Cuando el autobús se encuentra
con otro vehículo, en aquel momento pienso en lo bonita que es la escena. Pero
en un instante el objeto de color desaparece en medio del turbio vacío. Queda
envuelto en medio de un vasto mundo sin color. Mientras cruzo el puente de
Westminster, un objeto blanco aletea fugazmente una o dos veces ante mis ojos.
Forzando la vista y mirando con atención en aquella dirección, veo vagamente en
medio del aire sofocante una gaviota que pasa volando soñadoramente. En aquel
momento el Big Ben empieza a tocar solemnemente las diez. Cuando levanto la
vista, sólo hay un sonido en el vacío.
Una vez resueltos mis asuntos en Victoria, voy andando a lo
largo del río por el lado de la Tate Gallery hasta Battersea, y el mundo que
hasta ahora ha parecido gris de repente se vuelve oscuro por los cuatro
costados. Como una espesa turba licuada que bañara mi cuerpo, la pesada y
negruzca niebla ha empezado a atacarme los ojos, la boca y la nariz. Mi abrigo
está tan húmedo que me pregunto si se habrá apoyado en algo. Como si inhalara
gachas ligeras de arrurruz, mi respiración se ahoga. Mis pies, naturalmente, se
sienten como si caminaran por el fondo de un pozo.
Me detengo un momento, desconcertado, en medio de esta
lobreguez opresiva. Tengo la sensación de que hordas de gente pasan por mi
lado. Pero en tanto no pasan rozándome no estoy realmente seguro de si pasa
gente o no. En aquel momento una pulsación de luz amarilla del tamaño de un
guisante aparece en un punto de ese océano de nebulosidad. Con esto como
objetivo, avanzo unos cuatro pasos. Cuando lo hago, un rostro aparece ante el
escaparate de una tienda. Dentro de la tienda arden luces de gas. El interior es
relativamente brillante. La gente actúa con normalidad. Finalmente doy un
suspiro de alivio.
Dejando atrás Battersea, dirijo mis pasos, casi a tientas,
hacia una colina cercana, pero allá arriba todo son residencias privadas. Unas
cuantas calles aparentemente idénticas corren paralelas, y serían fáciles de
confundir incluso en un día claro. Creo que he cruzado y girado a la segunda
calle a la izquierda. Después tengo la sensación de haber caminado unos dos
centenares de metros. Después de esto ya no tengo absolutamente ni idea. En
medio de la oscuridad estoy totalmente solo e inclino la cabeza. Por la derecha
se acerca un ruido de pisadas. O eso creo, pero cuando llegan a una distancia
de ocho o diez metros se detienen. Luego se alejan gradualmente. Al final se
hacen completamente inaudibles; después de esto, todo permanece en silencio. De
nuevo estoy solo en la oscuridad, pensando, ¿Cómo puedo regresar a la pensión?
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