miércoles, 26 de noviembre de 2025

Niebla

 

"Niebla"

Natsume Soseki

 

Esta noche, durante toda la noche, he estado oyendo el eco de un golpeteo más allá de mi almohada. Esto es gracias al hecho de tener la gran estación de Clapham Junction en la vecindad. En el transcurso de un solo día, más de mil trenes entran en esta estación. Si esto se divide por los minutos de un día, resulta que cada minuto aproximadamente un tren entra o sale de aquí. En los momentos de niebla espesa, cada tren señala que está a punto de entrar en la estación haciendo un ruido como de petardo. Está tan oscuro que las señales luminosas, tanto si están en verde como en rojo, son completamente inútiles.

Me levanto de la cama, subo la persiana y miro hacia afuera, y veo que todo está nebuloso. Desde el fondo del césped de abajo hasta lo alto de los muros de ladrillo de casi dos metros de altura que lo rodean por tres lados, nada es visible. Sólo un vacío total llena el aire. Y éste está silenciosamente helado. El jardín vecino es exactamente igual. En ese jardín hay un bonito césped, y en los cálidos días de principios de primavera un anciano de barba blanca parece tomar el sol. En estas ocasiones el anciano siempre lleva un loro en la mano derecha. Acerca los ojos hasta una distancia en que el loro puede picotearle. Éste agita las alas y chilla continuamente. Cuando el anciano no está, su hija, arrastrando una larga falda, siempre pasa el cortacésped por la hierba. Ahora este jardín, tan rico en recuerdos, también está enterrado en la niebla, y entre él y el jardín descuidado de mi pensión no hay ninguna separación, ya que el uno se funde imperceptiblemente en el otro.

Al otro lado de la calle, en el, extremo de la callejuela, se levanta la aguja de una iglesia gótica. Desde el gris de esta aguja, en el punto más alto que atraviesa el cielo, las campanas dan la hora. Son particularmente ruidosas el domingo. Hoy, claro está, no sólo no se puede descubrir la puntiaguda torre, sino que incluso el paradero del edificio principal de la iglesia, compuesto por secciones irregulares de piedra tallada, es oscuro. ¿Es aquello?, me pregunto, mirando a un lugar que parece un poco negro, pero los sonidos de las campanas están completamente mudos. Están intensamente sellados en las profundidades de una densa niebla donde las formas de las campanas son invisibles.

Cuando salgo, sólo hay visibilidad unos cuatro metros delante de mi. Cuando uno avanza cuatro metros, otros cuatro metros delante de él se hacen visibles. Camino preguntándome si el mundo se ha encogido hasta tener cuatro metros cuadrados, y cuanto más camino más nuevos cuatro metros cuadrados aparecen. En su lugar, el mundo por el que he caminado entra en el pasado y desaparece continuamente.

Mientras espero el autobús en el cruce, la cabeza de un caballo súbitamente atraviesa el aire gris y aparece ante mis ojos. Pero las personas que están en lo alto del autobús todavía no emergen de la niebla. Desafiando a la niebla, subo de un salto al autobús y miro hacia abajo, pero la cabeza del caballo ya se ve algo confusamente. Cuando el autobús se encuentra con otro vehículo, en aquel momento pienso en lo bonita que es la escena. Pero en un instante el objeto de color desaparece en medio del turbio vacío. Queda envuelto en medio de un vasto mundo sin color. Mientras cruzo el puente de Westminster, un objeto blanco aletea fugazmente una o dos veces ante mis ojos. Forzando la vista y mirando con atención en aquella dirección, veo vagamente en medio del aire sofocante una gaviota que pasa volando soñadoramente. En aquel momento el Big Ben empieza a tocar solemnemente las diez. Cuando levanto la vista, sólo hay un sonido en el vacío.

Una vez resueltos mis asuntos en Victoria, voy andando a lo largo del río por el lado de la Tate Gallery hasta Battersea, y el mundo que hasta ahora ha parecido gris de repente se vuelve oscuro por los cuatro costados. Como una espesa turba licuada que bañara mi cuerpo, la pesada y negruzca niebla ha empezado a atacarme los ojos, la boca y la nariz. Mi abrigo está tan húmedo que me pregunto si se habrá apoyado en algo. Como si inhalara gachas ligeras de arrurruz, mi respiración se ahoga. Mis pies, naturalmente, se sienten como si caminaran por el fondo de un pozo.

Me detengo un momento, desconcertado, en medio de esta lobreguez opresiva. Tengo la sensación de que hordas de gente pasan por mi lado. Pero en tanto no pasan rozándome no estoy realmente seguro de si pasa gente o no. En aquel momento una pulsación de luz amarilla del tamaño de un guisante aparece en un punto de ese océano de nebulosidad. Con esto como objetivo, avanzo unos cuatro pasos. Cuando lo hago, un rostro aparece ante el escaparate de una tienda. Dentro de la tienda arden luces de gas. El interior es relativamente brillante. La gente actúa con normalidad. Finalmente doy un suspiro de alivio.

Dejando atrás Battersea, dirijo mis pasos, casi a tientas, hacia una colina cercana, pero allá arriba todo son residencias privadas. Unas cuantas calles aparentemente idénticas corren paralelas, y serían fáciles de confundir incluso en un día claro. Creo que he cruzado y girado a la segunda calle a la izquierda. Después tengo la sensación de haber caminado unos dos centenares de metros. Después de esto ya no tengo absolutamente ni idea. En medio de la oscuridad estoy totalmente solo e inclino la cabeza. Por la derecha se acerca un ruido de pisadas. O eso creo, pero cuando llegan a una distancia de ocho o diez metros se detienen. Luego se alejan gradualmente. Al final se hacen completamente inaudibles; después de esto, todo permanece en silencio. De nuevo estoy solo en la oscuridad, pensando, ¿Cómo puedo regresar a la pensión?

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