"No
siempre los niños son tontos"
MUHAMMAD
SHUKRI
Traducción
de Pedro Martinez Montisez
a marcha empezó desde uno de los barrios.
Eran siete: dos llevaban una pancarta blanca en la que L no había nada escrito.
Un niño con una paloma blanca dentro de una jaula verde precedía a la marcha.
Por cada barrio por el que pasaban se les juntaban otros niños que llevaban
jaulas con pájaros. Les seguían sus perros, y muchos llevaban en brazos gatos,
conejos, gallos y pollitos. La marcha crecía cada vez que salían de un barrio y
entraban en otro, y ya no era posible contarlos. Callados como no se habían
mostrado hasta entonces, su marcha hacía sonreír a los transeúntes, pero
ninguno se reía; la gente se preguntaba por el significado de aquella marcha.
Los animales que llevaban la hacían más confusa. Los grandes no sabían, y quizá
sólo los siete pequeños lo supieran. Tal vez ni lo supieran los nuevos niños
participantes en la marcha. Ni hablaban, ni se empujaban, ni se adelantaban
unos a otros. Marchaban y marchaban por los barrios antiguos, crecían y
crecían; su gran número y su riguroso silencio asombraba a algunos transeúntes.
Estos niños están hoy más sensatos de lo habitual, decía la gente. Padres y
madres iban con la marcha, caminaban tras ella o a un lado. Los niños se
separaban de sus padres y de sus madres y se unían a la marcha. Un niño lloraba
en el camino, deseaba participar en ella, pero su madre, temerosa, se lo
impedía.
Patalcaba, lloraba, le mordía la mano,
hasta que se soltó de ella y se unió a la marcha, silencio-so, tranquilo. Ni
siquiera se limpió las lágrimas para no al-terar el orden de la marcha.
Cuando llegaron a la plazuela, se
detuvieron un instante. Los parroquianos de los cafés se pararon también por
respeto a la marcha. En torno a ellos se reunió una gran muchedumbre; gentes
tranquilas y calladas se asomaban por los balcones de los hoteles y las casas.
Ellos miraban sólo hacia adelante, formaban un mundo totalmente propio, no se
veía a un solo niño lejos de la marcha. Cuando los niños son tan sensatos, los
mayores tienen que respetarlos; el mundo parece tener entonces otro
significado.
Así le dijo uno de los transeúntes a su
amigo. La marcha se movió hacia delante. Llegaron a la gran plaza. Se pararon.
Forma-ron un círculo y se adelantaron tres al centro del gran círculo: dos de
ellos alzaron en hombros al más pequeño. El niño pequeño sacó un papel blanco
en el que no había nada escrito. Se puso a discursear en silencio: abría la
boca sin decir nada. Todos miraban al pequeño orador que abría la boca sin
decir nada.
Cuando terminó su
silencioso discurso, dobló el papel y se lo metió en el bolsillo. Pequeños y
grandes aplaudieron. Los dos niños bajaron con ternura a su pequeño colega. El
portador de la paloma blanca dentro de la jaula verde se adelantó y la soltó al
aire. Los otros niños soltaron también al aire los centenares de pájaros y de
palomas. Quedaron libres también los animales que no volaban. Aplaudió la muchedumbre.
Arborbolearon las campesinas y las ciudadanas que vestían chilaba y velo. Toda
la gente ahora sonreía y se reía. Se paró el tránsito de automóviles algunos
minutos. No se oyó ni un solo claxonazo de protesta por la detención del
tránsito. Todos contemplaban los pájaros y las palomas que revoloteaban y los
animales que no volaban, saltando entre los pies sin que nadie los tocara. Los
niños empezaron a separarse alegres y gritando:
-¡Vivan las
palomas!
-¡Vivan los
pájaros!
-¡Vivan las
gallinas!
-¡Vivan los
conejos!
-¡Vivan los
gatos!
-¡Vivan los
perros!
Padres y madres
abrazaban a sus hijos y los besaban.
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