miércoles, 26 de noviembre de 2025

Un paseo

 

Hiromi Kawakami

"UN PASEO POR EL PARQUE"

 

Kiku me gustaba un poco. Tendría unos cinco años menos que yo y vivía cerca de la estación de Kikuna, por eso lo llamaba Kiku. Su nombre real era muy diferente.

Hablaba en voz baja. Nunca lo vi levantando la voz. Eso no significa que nunca perdiera la calma. De hecho, era muy impaciente. Una vez fuimos a un bar y, como no venía nadie a tomarnos nota, se impacientó, se levantó y se fue sin decir palabra. Yo sali corriendo tras él mientras le preguntaba: «¿Qué te pasa, Kiku?». Él se quedó de pie fuera del local, respirando agitadamente.

Por entonces Kiku y yo salíamos de copas un par de veces al mes. Sólo bebíamos, no hacíamos manitas ni nos abrazábamos. Kiku y yo siempre manteníamos una estricta distancia. Había más intimidad entre hombres que salían con hombres y mujeres que salían con mujeres que entre él y yo.

Siempre quedábamos de noche hasta que una vez me propuso una cita diurna.

-A plena luz del día podremos pasear cogidos de la mano me dijo por teléfono.

Creo que estaba un poco borracho. Si bebía más de la cuenta estando conmigo siempre guardaba las distancias, pero cuando se emborrachaba solo en cualquier otro lugar parecía que no hubiera barreras entre nosotros.

Fuimos al parque. Habíamos quedado en la salida de la estación más cercana a la puerta del parque. Cada uno pagó su entrada y empezamos a andar sin desviarnos del camino. Kiku se detuvo ante un puesto de helados.

-¿Quieres uno? -me preguntó.

-Todavía hace frio-respondí.

Él puso cara de disgusto. Quizá tenía la intención de invitarme.

Seguimos caminando y llegamos hasta una amplia explanada cubierta de césped reseco que probablemente sería verde y frondoso cuando llegara el buen tiempo. Kiku se sentó. Antes de que me sentara a su lado, sacó algo que llevaba doblado en el bolsillo del pantalón. Era un trozo de plástico azul. Lo abrió por la mitad y me hizo un gesto para que me sentara encima. Obedecí, pero la explanada hacia un poco de pendiente y me deslizaba hacia delante. Intenté acomodarme, pero resbalaba.

 

-Espera dijo él, y apartó el trozo de plástico con cara de contrariedad.

Estuvimos sentados un rato en silencio. De vez en cuando pensaba que Kiku me tomaría la mano y se me aceleraba el pulso, pero como él no hacia el menor gesto de aproximación, pronto deseché la idea.

-Toma dijo entonces, mientras sacaba algo envuelto en papel de aluminio del añadió, bolsillo de su abrigo. Yo empezaba a tener un poco de frío. Come abriendo el envoltorio.

Contenía dos grandes bolas de arroz. Las algas estaban húmedas y olían a mar.

Las bolas de arroz estaban pegadas entre sí y un poco aplastadas. Kiku cogió una. Yo alargué tímidamente la mano hacia la otra. Todavía estaban un poco calientes. Estaban rellenas de salmón. Cuando ya llevaba un rato comiendo, encontré también ciruelas encurtidas en el interior. Y virutas de atún seco.

Kiku daba grandes mordiscos que le llenaban toda la boca, y acabó enseguida. Yo comía más despacio. La bola de arroz era tan grande que parecía que no se acabaría nunca. Mientras yo comía, él escrutaba el horizonte.

Al cabo de un rato empezó, a hacer frío de verdad y reanudamos la marcha. Kiku seguía sin tocarme, así que tomé la iniciativa. Le cogí la mano derecha con mi izquierda. Al principio su mano estaba fláccida, pero al cabo de un rato me la estrechó un poco. Pensé que poco a poco iría envolviéndome la mano con más firmeza, pero no fue así. Aunque tampoco se puede decir que no hiciera ningún tipo de fuerza. Más bien se limitaba a acompañarme la mano.

-Kiku.

-Dime-respondió.

Volví a pronunciar su nombre, y su respuesta fue la misma.

Al cabo de un rato le solté la mano, y eso fue todo. De vez en cuando él apretaba el paso. Yo no podía seguirle el ritmo, así que paseaba tranquilamente contemplando el paisaje. De repente empezamos a cruzarnos con mucha más gente, y enseguida llegamos a la puerta de salida.

Kiku y yo seguimos quedando, pero sólo un par de veces al año. No hemos vuelto a cogernos de la mano desde entonces. Aquel día, él tenía granitos de arroz pegados a la mano derecha. Estuve a punto de decírselo, pero me callé por vergüenza. Creo que todavía me gusta un poco.

 


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